20 de abril

Sobre la palabra.
Quizás la palabra no tenga el mismo significado para todos.
Para algunos, la palabra en sí conforma el universo, no está subordinada a representar otro universo. Resulta, per se, un código de comunicación, no un medio para expresar algo que está en otro plano de la realidad.
Para otros, la palabra expresa algo que existe en otra dimensión.
La comunicación entre ambas especies requiere la comprensión de esta realidad. Para unos, la palabra implica un anticipo de futuro; para otros un presente absoluto. Para unos, ello puede derivar en una frustración, por falta de la esperada imagen espejada de la palabra en el mundo espacio-temporal; para los otros, esa imagen reflejada que se hace realidad espacio-temporal, puede resultar inútil, excesiva.

Publicado en Blog | Deja un comentario

Buenos Aires

Mis ojos ven las calles,
los árboles frondosos
escuchan las sirenas
y los claxons
recuerdan
las cálidas palabras
los encuentros
las llamadas
el calor de estar reunidos
de reir
de hablar tanto
de ser parte de ese mundo
de remar codo a codo
por el río de la vida
aunque estemos lejos
aunque este océano
nos tenga separados
Hoy es día de nostalgia
de la luz
de esas calles largas
del canto de la gente cuando habla
Pero se que estoy allá
aunque ausente
en todos los que quedaron.

20/4/2006

Publicado en Poemas de ciudad | Deja un comentario

Una sombra gris

Claudia
La compañera de habitación

Sentada en el borde de mi cama, con los rulos puestos, miro hacia el patio a través de las grandes puertas de vidrio; pero sólo pienso en la cama de al lado, ahora con su colcha permanentemente tendida
Esta vez no fue como las otras: Lucía desapareció al poco tiempo de haber llegado. Esa mañana, cuando vi su bolso sobre la manta y a ella con una blusa elegante y bien arreglada, pensé que algo especial estaba pasando. Lucía salió de la habitación en la silla de ruedas con Marta, esa chica que venía por las mañanas a cuidarla. Al rato volvieron, y con ellas entró la hija. Sentí la alegría de recibir esa visita como si fuera mi propia hija; tenía con quien compartir unas palabras, aunque muchas veces ella no entendía lo que yo le decía. Le conté que mis hermanos habían sido profesores, pero sólo sonrió, como si le hablara en otro idioma. Siempre ocurre que no me entienden, me observan con la mirada muy fija, como para leer en mis labios o penetrar en mi mente; yo me daba cuenta, pero su sonrisa me hacía olvidar por un instante la soledad y el silencio que tengo metidos en el cuerpo; un dolor que sólo se mitiga cuando viene Gerardo a buscarme, ese rato que acaba antes de que pueda empezar, en cuanto terminamos de comer y me trae otra vez a este sitio. Por suerte no necesito que me vistan, y puedo caminar sin ayuda. Pero el sendero es tan corto, tan sin sorpresas: las mismas baldosas que piso cada día, cuando voy de la cama al comedor, del comedor a la cama, de la cama a la sala de adelante…, a nada, a mirar el aire, a mirar las caras, a mirar la puerta para ver si se abre.
Cuando Lucía llegó, me molestaba tanta gente; todo el tiempo había alguien con ella. Invadían mi espacio, y yo le protestaba a Estela cada vez que pasaba. Pero luego empezó a gustarme escuchar la voz de Marta, al llegar, que decía bien alto: “Buenos días, señora Lucía; hola, señora Claudia”, y la de Victoria, tan suave, cuando venía por la noche para quedarse hasta el otro día. Y la de la hija, que me saludaba siempre con un beso…
Pero aquel día se fue y ya no la volví a ver; era una mujer tranquila, no gritaba, ni siquiera me miraba. Estaba allí, en la cama, o en su silla de ruedas, los ojos cerrados, quejándose quedamente; la veía pero no la oía; sólo escucho cuando me gritan.
No pude dejar de llorar cuando me dijeron adiós. Como tantas otras veces, soy yo la que se queda. Cinco años, cinco años siempre igual, y otra vez un adiós… Siempre un adiós.

Victoria
Acompañante de noche

Se apuraron, no sé para qué la trajeron aquí; en casa estábamos bien. La señora María viajó para venir a verla y por suerte está pensando lo mismo.
Los baños están sucios; antes de acompañar a la Señora limpio bien el inodoro; es tan exigente con eso, se lava las manos a cada rato y le gusta ver todo reluciente. Pero aquí siempre hay olor y ahora, después de que lo fregué con cuidado, se adelantó la señora Claudia y otra vez voy a tener que empezar.
Después de cenar entro uno de los sillones del patio y paso la noche sentada. En toda la casa hay un silencio absoluto. Pienso que no puede ser que todos se duerman a las nueve y no se despierten hasta las ocho de la mañana. Me pregunto si les darán algo para que la enfermera pueda descansar esas horas. A mí me entregan sus medicinas trituradas y todas juntos en una cucharita. En casa mirábamos la tabla que había dejado la doctora y se las llevábamos con la comida. Cuando la Señora preguntaba, le mostrábamos las indicaciones; le preocupaba que pudiéramos equivocarnos; pero ya no tiene fuerzas ni para eso. Yo le digo: “Hay que tomar las medicinas, señora Lucía”, y lo hace sin protestar. Creo que tenerme aquí, a su lado, la tranquiliza… No veo el momento de que nos vayamos, de dormir de nuevo en la cama, de estar lejos de este lugar.

Marta,
Acompañante de día

Dijeron que los viernes había siempre sesión de cine, pero pasó el viernes y no ocurrió nada; dijeron que vendría una persona a hacer ejercicios de rehabilitación a los abuelos, pero acá no vino nadie. Siempre lo mismo…, tengo que comentárselo a la señora María, que no crea lo que le cuentan. Y tampoco es verdad que vengan muchas visitas, por aquí no aparece nadie. Anteayer se llevaron a la señora Claudia. Pero en cuanto terminaron de comer deben haber salido para acá, porque volvió al poco rato.
Los abuelos están siempre solos, siempre en silencio. Algunos caminan, se acercan, y miran con atención lo que estamos haciendo; yo los tomo del brazo y los quito fuera de la habitación. El otro día, en el patio, estaba una señora en su silla de ruedas, que repetía todo el tiempo con voz de angustia: “¡No puedo respirar, no puedo respirar!”. Enseguida fui a avisar. “No es nada”, me explicaron, pero a mí me da miedo. Y luego está también “el Doctor”, camina erguido, recorriendo todavía los pasillos del hospital; se sienta con un libro en la mesa de afuera: lo mira, le mueve las hojas y cuenta, a quien se le acerque, que lo escribió él; es lo único que le escucho decir.

Lucía
Viviendo en el geriátrico

No quiero estar aquí, ¿por qué no me sacan?
—Victoria, ¿Tiene dinero para un taxi? ¡Nos vamos!
Pero nadie me hace caso.
Estoy encerrada. No tengo mi cama, ni mis plantas, ni los libros… Y lo peor de todo es compartir el baño, yo, que nunca pude soportarlo. Quiero estar tranquila, en mi casa. Aquí todos caminan sin rumbo, sin siquiera mirarse. En la sala me molesta el ruido de la televisión, todo el tiempo para nadie, sólo hay una mujer que se instala frente a ella y no para de mirarla. Cuando estoy en ese lugar, cierro los ojos, y me aferro a las manos de Marta. No quiero ver a esa gente que no conozco, no quiero ver esas caras. Tampoco voy al comedor; mientras todos están allí, me llevan la bandeja a mi cuarto. Aunque a veces, la otra mujer, siempre con sus rulos atados con un pañuelo, antes de ir a comer, se sienta en el borde de su cama y me observa. Por eso, porque está ahí y me mira, prefiero que vayamos al patio. Hace buen tiempo pero casi no sale nadie. El patio es para nosotras, con su mesa cubierta con una gran sombrilla blanca.; a su sombra, Marta me da la comida y me toma de la mano.
Lloro, lloro por mí, por estar en esa silla, por mi cabeza perdida. Recuerdo mis reuniones de los sábados con los amigos, pero ya no puedo hacerlo más, no puedo hablar de nada. ¿Por qué no seré como papá, con su cabeza clara hasta los cien años? Por eso lloro y lloro y sólo me nace decir: “No puedo, no puedo…” No puedo recordar, no puedo pensar, no puedo leer, no puedo hablar, no puedo, no puedo… Esto, así, no es una vida, no puede ser mi vida.

María
La hija

Cruzamos la ciudad, avanzamos por una calle amplia y arbolada, y al pasar el grupo de torres con su verja y sus guardias, mi prima Carla, que me acompañaba en ese trance, estacionó justo enfrente de la puerta del Geriátrico. Desde allí, a través de la calle, reconocimos la casita baja, tal como nos la habían descrito, con su fachada retranqueada, y apretada entre los edificios que se erguían con sus ocho o diez hileras de ventanas. La puerta estaba a un costado, perpendicular a la calle, escondida, ocultándose de cualquier mirada ajena, con pudor, o quizás hasta con vergüenza de lo que había adentro. Tocamos el timbre y después de un rato, escuché el sonido de la llave al girar en la cerradura, se abrió la pesada hoja de madera y asomó una mujer de uniforme blanco, con mirada interrogante. ”Venimos a ver a la señora Lucía”, dijimos, y nos franqueó el paso. Yo había llegado de un viaje desde el otro lado del océano, esa misma mañana, y esperaba inquieta y con temor, el encuentro con mi madre.
Así fue como me encontré en ese espacio gris, vacío, sólo con unos asientos apoyados contra la pared que enfrenta a la puerta; a la derecha la ventana desde donde se podía atisbar, a través de los visillos, el trajín de la calle, y a la izquierda, en el fondo, la mesa con la televisión. Tres o cuatro ancianos erraban por la sala mirando distraídamente a la nada, y una mujer estaba absorta frente a la pantalla. Sentada en uno de esos asientos, también grises, Marta le hablaba quedamente a mi madre, que la miraba desde una silla de ruedas. Me sentí en un garaje: había muy poca luz, el sonido del televisor retumbaba en las paredes duras, vacías de color, vacías de adornos, vacías de plantas. Y ahí estaba Lucía, en ese estacionamiento de gente: había desconectado del presente y le habían fallado sus piernas. Tuve que juntar coraje para acercarme a saludarla; la vi ajena a este mundo, aferrada a las manos de Marta y sólo diciendo: “No puedo, no puedo…”. Quizás no podía soportar su mera existencia. Ya se lo había escuchado decir hacía dos semanas, en su propia casa: que la vida, así, no tenía sentido: la aburría, la abrumaba, la cansaba.
Fue difícil resistir la escena: esas gentes mirando el vacío, ausentes de este mundo, y aquel hombre dormido, con la cabeza hacia atrás, la boca muy abierta, como un cadáver. Salimos de ese lugar buscando la privacidad del dormitorio. Al llegar, estaba la compañera de habitación de mi madre sentada en el borde de su cama, los rulos puestos, cuidadosamente atados con un pañuelo, mirando con cara distraída hacia afuera a través del vidrio. Le di un beso; era cálida y dulce; costaba comprenderla, hablaba con palabras entrecortadas que pronunciaba de forma confusa. Cuando entró Estela, la Directora, le protestó porque ocupábamos un trocito de la minúscula superficie que ella pagaba. Le prometí que saldríamos de allí, y lo hice con convicción: prefería estar en el patio.

La partida

Eran las once de la mañana, una semana después. Toqué el timbre, y como aquel primer día, esperé hasta que se oyeron los pasos que se acercaban, el ruido de la llave al girar, y asomara la mujer de uniforme blanco. Ya me conocían, así que entré sin mediar más que un saludo. Detrás, se oyó nuevamente el girar de la llave tras el golpe de la puerta al cerrarse.
Encontré a Marta sentada en uno de aquellos asientos grises, tomando de la mano a mi madre, que se veía elegante en su silla de ruedas, luciendo una hermosa blusa blanca con dibujos negros, y con los labios pintados.
—Hoy le preguntó a Victoria: “¿Tiene dinero para un taxi…?” —nos comentó Marta
cuando llegamos.
—Vamos a su habitación —es lo único que atiné a decir. Allí les conté que había pedido la ambulancia para las doce, y entonces Lucía supo que nos íbamos.
Estaba la señora Claudia, como siempre, sentada en el borde de la cama, mirando hacia afuera. Me habló de su vida, de sus hermanos; ese día estaba locuaz. Sólo pude comprender que ellos habían sido profesores, y en ese momento intuí que me adivinaba también como una profesora. Luego quedó callada, esta vez observándonos a Marta y a mí con atención, como queriendo desentrañar nuestro cuchicheo.
Cuando llegó Estela, la directora y le anuncié que nos llevábamos a Lucía, vi lágrimas en los ojos de Claudia. No se levantó para ir a comer hasta que nos fuimos. Le di un beso y lloró más aún; sentí pena por ella. Otra vez se quedaría sola en el cuarto, mirando tras el gran ventanal por encima de una cama vacía; otra vez un adiós.
Al acompañar a Estela a su oficina para resolver la partida, pasamos por el amplio recodo del pasillo, bien iluminado por un patio, donde estaban todos los internos, sentados alrededor de las generosas mesas redondas. Desde el gran hueco que conecta con la cocina, nos invadió un aroma que me transportó al arroz con pollo de mi infancia: era penetrante, cálido, hogareño. Al ver las expresiones ausentes, volví a la realidad, y no pude dejar de pensar qué importante es que alguien pase, que los salude, que les hable un momento, que los saque de su nada permanente, de la rutina de ese contenedor, de ese corredor inevitable, de esa espera…
Le conté a Estela que creía que lo más conveniente para Lucía era volver a casa, estar rodeada de sus cosas. Para ella, tan selectiva en sus relaciones humanas, sería lo mejor.
Se cerró la puerta detrás de nosotros, escuchamos por última vez el ruido de la llave al girar, y con la imagen del llanto de Claudia, de las caras inexpresivas que me miraron al pasar por las mesas, de los adioses que no tuvieron respuesta, y de la sonrisa de Estela al despedirnos, subí al coche. Detrás partió la ambulancia; en ella iba Lucía, con los ojos cerrados, inquieta, aferrada a la mano de Marta. Pero en cuanto la bajaran, y en el portal la saludara Arturo, el portero, se daría cuenta de que lo otro había quedado atrás, que ya estaba de nuevo en su hogar.
Y los diez días que pasó allí, en el Geriátrico, quizás estén en su memoria inmediata, la que perdió, y pronto los habrá olvidado, o quedarán en ella como una sombra gris que le ayudará a ver más verdes sus plantas, más brillante el sol del balcón, más entrañables sus libros ahora dormidos.
Marzo, 2006

Publicado en Historia de vidas | Deja un comentario

15 de febrero

La diferencia subjetiva que percibo como producto de los años de vida, es la conciencia del tiempo restante, de la finitud, de que no nos queda un tiempo infinito. Objetivamente no es real, porque potencialmente la muerte es un tema de azar, o de circunstancias. Es posible que uno, de algún modo, incida en el tiempo de su vida, pero es algo que no controlamos, o que no sabemos. Cuando se es muy joven la muerte no importa, cuando se es una persona madura importa, sabemos que puede ser en cualquier momento, pero, de todos modos, actuamos siempre «como si tuviéramos toda la vida por delante» Pero llega un momento en que ya no es así, sabemos que hay un plazo y recién entonces tomamos conciencia del límite y eso modifica nuestro sentir hacia la vida, nuestra forma de actuar. No se si este sentir es universal, pero si es la diferencia que percibo en mi propia forma de abordar la vida.

Publicado en Blog | Deja un comentario

CON EL OCÉANO ADENTRO

CON EL OCÉANO ADENTRO
(para Carolina Olmos de 30 Noticias de Rosario)

A fines del año 1974 aterricé en París, de allí pasé a Madrid y en junio de 1975, una mañana de sol, vi brillar los cristales de las fachadas que se abren al mar, en esta ciudad puerto, un istmo sobre el Atlántico. Un amigo de mi marido, que había compartido una experiencia profesional con él en Tucumán por los años cincuenta, le ofreció empleo en la empresa en la que trabajaba . Y estábamos, además, en su región de origen. De aquí habían partido su padre y sus tíos escapando de que los reclamaran para la Guerra de África y buscando un mundo nuevo donde poder desarrollar su vida con otros horizontes.
Pero no estábamos solos, un niño de un año nos acompañaba en la aventura.

Cuando llegué a Europa, la tierra me pareció gris, sentí la vejez de este continente comparando sus colores con los de América. Hasta que llegué a Galicia, y aquí encontré otra vez el verde intenso. Hace treinta años, todo era distinto. El boom inmobiliario fue posterior, y la costa todavía estaba sembrada de pueblitos y pequeños puertos llenos de encanto; la ternura del paisaje atrapaba. Pero también eran otros tiempos y las costumbres de una ciudad de 200.000 habitantes, en un país que se había mantenido muy aislado, eran muy distintas a las de la ciudad vibrante de la que me había ido, con sus millones de habitantes y un puerto palpitando siempre con la última manifestación de la cultura. El teatro francés, Backhaus, Gieseking, Gulda, Dizzy Gilespi, las películas, los libros, Eudeba… Pero todo eso había terminado y comenzaba otra época. El golpe de Onganía, la “noche de los bastones”, una época de sueños y de actuación apasionada, muchas historias… y por fin, en 1974, un buen olfato me hizo sentir lo que se venía y fuimos la avanzadilla de una emigración que un poco después, cuando el Golpe y el Proceso, trajo a España a muchos argentinos. A poco de estar aquí nos invitaron a dar clase en la Universidad, y eso fue lo que lo que nos hizo quedar.

Al llegar a Madrid, sentimos la potencia de un país que crecía, y comenzamos a ver el mundo de otra manera. Creo que todos ven el mundo desde el ombligo que está en su propia tierra, aunque esa tierra no sea el ombligo del mundo. Sentí, entonces, que eso pasaba en Argentina, y ahora pienso que pasa lo mismo con los europeos. Es algo que aún hoy me ocurre cuando voy a Buenos Aires, también cuando estoy acá: encontrar esa diferencia en la mirada, como si mi mirada fuera pendularmente europea y latinoamericana, siempre un poco a contramano del lugar en que me encuentro.

Muchos años me costó la adaptación. Creo que, para alguien como yo, que puede recordar la Segunda Guerra mundial, la diferencia de background cultural, de formas en la educación recibida, era muy grande; lo podía percibir cuando intercambiaba recuerdos con gente de mi misma edad o aún muchos años menor. Los diez años anteriores a la Noche de los Bastones en la Universidad, como dije antes, habían sido un ejercicio de energía vital y de pasión cultural, mientras aquí estaban cerradas las fronteras culturales con Europa. Los que habían vivido acá, padecieron, en su infancia, una educación represiva, que inculcaba miedos y culpas, en muchos casos también con castigos corporales, y la nuestra se desarrolló en un mundo que nos aportaba libertad de pensamiento, rodeada de gente de todos los orígenes , todas las religiones…

Siete años más tarde, después de un mes de internación, perdí a mi compañero, y quedé en esta ciudad con un hijo de ocho años. Recuerdo dos cosas en relación con un posible regreso a mi tierra: cuando la Guerra de las Malvinas, habíamos hablado de volver, y cuando Alfonsín asumió la presidencia, también lo pensé, como tantos argentinos en ese momento. Pero cuando viajé por unos días, a la muerte de mi padre, sentí que para los que estaban allá, éramos “los que se fueron”. Nos recibían bien, pero nos hacían sentir — o nosotros mismos lo vivíamos así— que nuestro lugar se había perdido, que lo habíamos dejado. En cierto modo, sufríamos una suerte de culpa por habernos ido. Hoy se que nosotros también hemos perdido muchas cosas; nada es comparable a las vivencias de los que se quedaron, pero no todo es trabajar, encontrar afectos y comprensión, estar integrado. Hay algo que se rompe, uno pasa de ser parte de la materia, a ser un electrón suelto.

Pero ahora es distinto. Uno puede estar acá y allá al mismo tiempo: mirar en la TV las calles, los personajes, o penetrar por la puerta de la computadora y estar con el amigo, con la amiga, con la prima, con el sobrino, alguna vez hasta verlos a través de la cámara u oir sus voces. Como si el corazón se estirara a través de estas pantallas y estuviera en esos momentos en los dos lados. Extraña situación la de esta época, la de un alma que se escapa en algunos momentos por este hueco del espacio, esta supercuerda de la comunicación. Me pregunto si se escapa o si se estira, apoya sus pies en esta tierra y se expande por la otra desde acá.
Los argentinos que llegan ahora a este país, tienen mucha más dificultad de integración laboral —cambió la realidad económica y la política hacia los inmigrantes— pero tienen ese lazo permanente posible con lo que dejaron y son muchos más, se agrupan, se dan apoyo.

Hoy ya estoy integrada en esta tierra, aunque sin raíces. Pero el tronco se hincó y, de algún modo, mi hijo se puede apoyar en él, aunque no haya crecido rodeado de abuelos, de tíos, de primos, aunque su sentido de familia no se base en una experiencia sino en palabras y encuentros furtivos. Pero hay aquí un trozo de esa familia: son los descendientes de la hermana de su abuelo paterno, la única que quedó, y a la que sus hermanos cedieron la casa, el campo, el monte, todo lo que les correspondía, porque no lo necesitaban, habían resuelto allá su vida.

Por otra parte, yo me siento parte de esta ciudad, tengo amigos, me saludan ex alumnos cuando voy por las calles, conozco mucha gente y realmente me siento bien aquí. Me encanta recorrer el paseo marítimo, escuchar el ruido del mar y recibir el viento en la cara. Y ya llegué a ese punto en que disfruto cuando voy a Buenos Aires y camino por esas calles largas, tan arboladas, con las flores de los jacarandaes, oliendo los tilos, degustando todos los barrios, gozando con los colectivos que llevan a todas partes…
Ahora, después de estos treinta años, cuando estoy aquí, soy de aquí, y cuando estoy allá soy otra vez de allá. No me siento una visita, pero también veo en los dos lados las cosas desde la otra orilla, no puedo dejar de ser de acá cuando estoy allá, ni de allá cuando estoy acá.

Hoy estuve mirando relatos míos y noté que al principio, cuando comencé a escribir en el 2001, lo hacía en español —en castellano como decimos en Argentina— y ahora escribo totalmente en “argentino”. Como si el escribir, el fondo más profundo que se expresa en esos momentos, necesitara de su lengua natal. Pero en los temas de mi profesión, sin embargo, uso el idioma adoptivo, las formas y giros de este lugar.
Debo decir que en Galicia gusta nuestra manera de hablar y casi todos tienen algún pariente en Buenos Aires. Recuerdo que cuando la Guerra de las Malvinas, el empleado de Correos me decía: “Estamos con vosotros” y nunca me he sentido discriminada. Cierto es que siempre intenté adaptarme en todos los aspectos, también en el lenguaje, en la pronunciación, aunque debo reconocer que me resulta inevitable utilizar algunos argentinismos matizando un discurso “castellano”.

Tampoco busqué ambientes argentinos. Los amigos argentinos que tuve fueron los que ya conocía de allá. Creo que eso fue un ejercicio de integración, y también, hasta hace muy poco tiempo, he evitado la crítica a esta tierra, a la que lamentablemente fueron afectos muchos compatriotas. Siempre supe que éramos los huéspedes; vinimos aquí por elección personal con todas las consecuencias, nunca quise encontrar ni la cultura, ni los hábitos, ni las comidas, ni las formas de comunicación que había dejado, aunque eso es lo que más se extraña. Lo que más cuesta aceptar, es que uno tiene que adaptar su forma de abordar las relaciones personales, tiene que adaptarse a las del nuevo lugar y cuando vuelve y se ve inmerso en las que ha mamado en su infancia y juventud, lo recupera, y hay que ser muy dúctil para poder dar vuelta el chip cada vez que se cruza el océano.

También se siente mucho la diferencia entre esta sociedad tan estructurada y la otra tan desestructurada, entre el orden y el caos. La estructuración, en cierto modo, traba las posibilidades de cambio, pero las cosas, con esos límites, se pueden completar. Hay un sentido de la ley, de la palabra, de los plazos… Allá, la des-estructuración permite más creatividad espontánea, pero las cosas no se terminan, todo es bastante caótico, como si los ingredientes fueran los mejores, pero el flan no llegara nunca a cuajar… Entonces cuando uno trabaja aquí, extraña un poco ese hacer las cosas sin nada, sacar recursos creativos de donde no hay, pero quienes han vuelto a trabajar allá, padecen el síndrome de la desintegración, cierta irracionalidad y desorden que impregna toda actividad en Argentina, por lo menos en Buenos Aires.

Debo decir que el 2002 fue el año de mi reencuentro afectivo con Buenos Aires. Hasta un año antes, salvo en aquel viaje cuando murió mi padre, nunca había vuelto. El reencuentro no fue fácil, uno se hace una coraza para no tener nostalgia, aunque muchas veces la tuve de mi gente, de mi familia, de mis amigos, pero para sobrevivir uno entierra muchas cosas, no quiere vivirlas ni sentirlas. Sólo ahora, treinta años después, me puedo dar el lujo de integrar, de compartir, de vivir con el océano adentro, de poder estar allá y acá, en cierto modo, al mismo tiempo.

Enero 28 2006

Publicado en · Vivencias | Deja un comentario

5 de Enero

Hace unos momentos estuve viendo por TV un reportaje por los treinta años, en Argentina. Creo que la televisión y la conexión vía Internet ha cambiado totalmente la situación afectiva y emocional de los emigrados. Los que se fueron, nuestros padres, nuestros abuelos, perdían la conexión totalmente. Estaban en otro lugar, podían tener a veces recuerdos, quizás alguna vez hasta añoranzas, pero era de algo que había desaparecido de sus vidas. Quizás soñaban con volver alguna vez, como mi padre, que al final de su vida quería volver a su pueblo natal de visita. Una peregrinación a sus fuentes. Pero ahora es distinto. Uno puede estar acá y allá al mismo tiempo. Ver en la TV las calles, los personajes, las manifestaciones, el sufrimiento, o penetrar en la puerta de la computadora y estar con el amigo, con la amiga, con la prima, con el sobrino, alguna vez hasta verlos a través de la cámara o hasta oir su voz por el micrófono, aunque es lo mismo, el diálogo escrito es tangible, como la imagen, como el sonido. Como si el corazón, aquél que en Julio de 2002 canté como el mismo que perdí no sólo no se hubiera perdido sino que se estirara a través de estas pantallas y estuviera en esos momentos en los dos lados. Extraña situación la de esta época, la de un alma que se escapa en algunos momentos por este hueco del espacio, esta supercuerda de la comunicación. Me pregunto si se escapa o si se estira, apoya sus pies en esta tierra y se expande por la otra desde acá.

Publicado en Blog | Deja un comentario

4 de Noviembre

Quizás seamos como pequeños universos, con sus propias galaxias y sus agujeros negros. Unos se comen a otras y a veces nacen nuevas: un mundo en perpetuo movimiento. Eso estoy pensando mientras siento cómo cantan los pájaros, o más bien, como protestan las gaviotas por sobre mi casa, invadiendo la ciudad para comer en los contenedores del mercado, porque quizás ya no hay peces cerca de las rocas…
Nunca antes me imaginé tanto a la gente como un elemento más de la galaxia, del universo, no tanto en su forma física, tal como la vemos, sino imaginándola como si la miráramos por una gran lupa, o por un microscopio, y viéramos toda la complejidad de la sangre fluyendo, el corazón latiendo, los pulmones que se contraen y se expanden, el vacío infinito entre las células, como si fuera la propia tierra con sus mares, sus tifones, los volcanes escupiendo piedras y fuego…
Saliendo del agotamiento de estos últimos viajes, una semana después, siento que mi vista, como noté en mi madre cuando sale de sus momentos de senilidad ( cuesta decir el verdadero nombre de ese fenómeno de desgaste del cerebro) y uno ve sus ojos ajustándose a la realidad, como saliendo de la vorágine de un agujero negro, que en su caso es el pasado, y asomándose a la ventana de la vida, siento que mi vista, digo, se posa en lo que me rodea y puedo ver, por fin, con nitidez los perfiles.
Quizás fue Cortázar el que me dio la mano para saltar los últimos peldaños, fue muy fuerte el impacto, al escuchar anoche aquella antigua entrevista de la televisión española, quien me sacó del agujero negro del cansancio supremo y me volvió, como el príncipe a la bella durmiente, a conectar con la vida, tal la fuerza de sus palabras y de su gesto.
Hoy tengo que ir a Santiago, a las Jornadas de siempre de Noviembre y después que terminen, mañana, a Poboa do Caramiñal, uno de esos pequeños núcleos rurales como lagunas en medio de la fiebre de la construcción que asola también a esta parte del mundo que cuando vine encontré tan verde que pensé que era el paraíso terrenal del que hablaba el antiguo testamento… Y vamos a ver, con unos clientes, cómo funciona una galería, un cuerpo saliente de vidrio que emerge de una vivienda de piedra, para poder hacerlo también en una nueva, en otro lugar así, otra laguna rural, la de As Neves, donde todavía, en medio de árboles frondosos y con una vista de huertas hasta el horizonte, quedaron unos muros de piedra que serán los de la nueva vivienda. Y tenemos el privilegio de poder enlazar en la obra el pasado y el presente, como si pudiéramos dar un soplo de vida a ese viejo esqueleto…y donde correrá por las estancias una niña china traída a estas tierras, como tantas otras, como hija adoptiva. Campo y ciudad, pasado y presente, este y oeste, van a confluir en el corazón de la sala de estar, que recibirá a través de un gran hueco en la planta alta y un lucernario en el techo los rayos del sol en invierno.

Publicado en Blog | Deja un comentario

8 de agosto

Hoy he pensado, o más bien he sentido, que se cierra una etapa de Miriam Chepsy. Creo que todo está corregido, todo está lanzado a concursos, hay relatos que están apareciendo en antologías, pero Miriam no se refleja en el espejo. Aparece borrosa y siente que está anidando una larga historia, pero que tiene que madurar dentro. Hay una web que la espera, apenas esbozada, la web de Myriam Golu, la web de arquitectura. Así que siente ésto como una despedida por un tiempo, tendrá que dar su energía para completar la otra, para verter ahí todo su trabajo, o buena parte de él. Tendrá que dedicar tantas tardes, tantas noches como hizo con ésta, subiendo textos y dibujos, subiendo las clases y los proyectos, buscando el diseño adecuado. Y creo que las dos cosas no se pueden hacer, por lo menos con la misma intensidad. Hay mucho que preparar, mucho que escribir en este momento. Quizás despacito, día a día, con disciplina vaya avanzando en lo que quiere escribir, pero será un trabajo para adentro, que al final seguramente saldrá a luz. Quizás encuentre su lugar aquí a medida que va naciendo, quizás se repliegue hasta salir totalmente al exterior.

Publicado en Blog | Deja un comentario

Vidas paralelas

En la oscuridad de la noche siento el frío en el cuerpo, el hueco a mi lado, el abrazo ausente. Angustiada, incrédula, me rebelo, lo odio. Está en la sala, puedo sentir su respiración acompasada, tranquila. Duerme plácidamente, está allí, echado sobre el sofá, ajeno, sin llamarme a su lado, sin desearme, inmerso en sus propios sueños.
Me pregunto qué pudo haber ocurrido, cómo llegué a perder su mirada cómplice, la eterna sonrisa, la caricia de sus manos fuertes, su boca que me recorría insaciable. Intento encontrar el momento exacto, el instante en que la puerta se cerró, separándonos. Imágenes imprecisas se mezclan en mi recuerdo: las risas, los susurros, las noches de ternura, las miradas ardientes, los cuerpos entrelazados, la pasión que compartimos.
Poco a poco aparecen otras: aquella mueca cuando no le gustaba alguna comida, aquel fruncir de cejas cuando usaba ese color turquesa con el que me sentía yo misma, aquella mirada brillante que se cruzaba con la de mi amiga Lucía. Pequeños momentos en los que antes no había reparado, pero que ahora veo como una vida paralela a la nuestra, una vida que fue tomando cuerpo, que se fue adueñando de nuestra historia, que se superpuso, ocupó su espacio, asfixiando nuestro universo construido en estos cinco años.
Me levanto y me acerco al sillón donde él duerme. Deseo abrazarlo, escurrirme silenciosamente bajo la manta. Ruego que él adivine mi presencia, que abra los ojos, que me mire, pero nada de eso ocurre. Corro a encerrarme en el baño donde ahogo un llanto convulso.
El espejo me devuelve una cara desencajada que me dice que no puedo quedar ahí, vencida, que quiero escapar de esta situación, de esta casa. Me visto silenciosamente, sólo me cuelgo al hombro un bolso con las tarjetas y mis documentos; cierro con sigilo la puerta, bajo las escaleras, salgo a la calle y, apurando el paso, me alejo.
Al dar vuelta a la esquina miro para atrás y lo veo tras la ventana, con el cigarrillo entre los dedos – ese gesto tan suyo- mirándome partir.

8/08/2002- 07/2005

Publicado en Instantes | Deja un comentario

Margot : Mi crónica imaginaria

Caminó hacia el estrado, asomando sus blancos y grandes dientes tras una amplia sonrisa. Habían nombrado a su amiga, y se levantó de inmediato; tenía que recoger el diploma .
Gracias en nombre de Miriam Chepsy que hoy quisiera estar acá, pero no puede–dijo al recibirlo– Y aclaró luego que está, desde hace muchos años, en el país de los que inauguraron esa casa, aunque del otro lado, cerca del Finis-térrae
No es la única –agregó Rubén Derlis– también participaron otros dos que residen en «extranjia», uno en Tenerife y otro en Udine, lo que nos hace suponer que el homo porteñensis siempre será como dijo el poeta «argentino hasta la muerte”.
La sala con las sillas de madera ordenadas en filas como si fuera un verdadero teatro, se veía llena. Todos estaban atentos a los nombres, al ritual de la entrega y del apretón de manos y pensaban, con cierta emoción, en los compatriotas que sentían su identidad allá , tan lejos de su tierra.
Con la hoja apergaminada en la mano, donde lucía el óvalo rojo de Baires Popular , el lema Juntos por la identidad y el texto que refería al concurso y a la Mención, Cati observó a la concurrencia. Hombres, mujeres y niños, atentos, participaban de la ceremonia y esperaban también el fin para festejar el tan anunciado vino. Sonrió recordándose ahí mismo, en una silla de esas, callada, obediente, en un acto parecido en ese mismo centro, la casa de los mallorquís, donde había pasado tantas tardes de domingo corriendo entre las parejas que bailaban al ritmo de la sardana…
Rubén cerró el acto con la presentación de la antología, habló de los cuentos, del libro, de la rica experiencia vivida, del trabajo del jurado, de la calidad de los textos que habían tenido que evaluar…y comentó que se podían comprar allí mismo, en aquella mesa del costado, y alrededor se arremolinó la gente para llevarse ejemplares.
Cati cargó los diez en una bolsa y caminó hacia la otra sala donde sobre una larga tabla, que dejaba ver debajo los caballetes alineados, esperaban los platos con los triples y los canapés, las botellas de vino y los vasos.
Allí fue donde la vio, tan clara como en aquellos días. Con los ojos brillantes y la sonrisa plena, su madre, dejándose llevar por los brazos de su hombre, iba y venía por la pista, apurando el compás de un pasodoble, el mismo que ella estaba escuchando por los altavoces…Y se vio, con su pollera fruncida de piqué blanco y su canesú bordado, mirando atentamente el dibujo de los pies mientras giraban y se deslizaban sobre la madera del suelo de la gran sala, esperando el día en que pudiere también participar de verdad del baile y dejar de saltar entre las piernas como los otros niños.
Y vio también a sus tías y a su abuela, que sentada en el borde de la pista observaba a todos, mientras conversaba con otras mujeres de su tierra lejana, de la isla que añoraba, la de la catedral asentada sobre las rocas a la orilla del mar, el nítido azul del agua, y aquel idioma que afloraba en esas fiestas. Le atraía el canto de esa jerga incomprensible, porque estaba unido a las historias de aquel mundo que, como antesala del sueño, ella le contaba por las noches…
Las abuelas observaban, cuidaban de sus hijas solteras; sus padres y los de sus amigos disfrutaban de esas veladas, del baile, el mejor antídoto para el cansancio de la semana de diez horas de trabajo diario. Y se movían por la sala, traspasando como si fueran de aire, los cuerpos de los que estaban festejando la presentación de la antología de los cuentos. Mientras ese baile se desarrollaba, ahí estaban ellos, hablando de la identidad, de los exilados, de los que buscan otra vida sin poder encontrarla, de los tiempos de antes, de esa gente que en ese momento estaba bailando ahí mismo, pero que no podían ver. Sólo Cati los reconocía y les sonreía cuando pasaban a su lado…
Ella miraba todo emocionada, mientras leía una de sus crónicas a los que estaban allí, alrededor de la mesa. Emocionada por el reencuentro con su abuela, con las otras mujeres, con esa madre que bailaba lejos de su casa, del sillón que ahora no la deja más que cuando va a la cama, y de la tele.
Y ese encuentro le abrió otro mundo: el de la gente que, como ella, vive con intensidad su ciudad, sus personajes, los cambios que el devenir de la historia van provocando, las frustraciones y las alegrías, el ser el salame del sándwich, disputar una presa al cartonero, sufrir lo que viven los hijos en estos tiempos que corren, y ver todo lo que se vuela porque soplan fuerte los vientos desde hace tantos años….
Y a catorce horas de avión su amiga Miriam imagina las paredes blancas de una casona de la Calle Colombres a un paso de San Juan y Boedo, la esquina que cantara Homero Manzi cuando decía: San Juan y Boedo antiguo, y todo el cielo/ Pompeya y más allá la inundación/ tu melena de novia en el recuerdo y tu nombre flotando en el adiós…

noche del 16 al 17 de mayo, 2005
(durante la entrega de premios)

Publicado en Instantes | Deja un comentario