YUPPY

Sin poder controlarse, aparece nítida en su mente la imagen de aquella noche en que, desoyendo sus ruegos, lo hizo desaparecer enterrándolo más allá de su memoria.

Muchos años han pasado. Hoy, su atractivo cuerpo se siente como un muñeco sin contenido. En un flash-back instantáneo visualiza su trayectoria, su rol ascendente en la empresa, su familia impecable.

Se mira en el espejo y, detrás de su figura bronceada y elegante, ve emerger amenazadora, reclamando su espacio, la imagen de ese joven poeta que, olvidado ex – futuro posible, había aniquilado.

 

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¡Basta!

¡BASTA!

Huye sin mirar para atrás, con un hijo a cada lado.  Con la nostalgia  de la culpa,  del color negro alrededor de los ojos,  de los gritos con olor a alcohol,  de las palabras de los mayores que  le repiten: “¡Aguanta, niña, aguanta!”

Sin mirar para atrás. Golpea puertas que se cierran, conciencias adormecidas. La nada.

Lucha, Encuentra un mundo escondido. Encuentra a sus pares. Se puede oir su voz que retumba. Mensaje de tambor que quiere llegar adonde anida el miedo y la violencia, esa voz que repite una y otra vez: “¡Huye sin mirar para atrás!. ¡Huye con tus hijos! ¡Huye, mujer, antes de que te mate!”

 

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¡BASTA!

Huye sin mirar para atrás, con un hijo a cada lado.  Con la nostalgia  de la culpa,  del color negro alrededor de los ojos,  de los gritos con olor a alcohol,  de las palabras de los mayores que  le repiten: “¡Aguanta, niña, aguanta!”

Sin mirar para atrás. Golpea puertas que se cierran, conciencias adormecidas. La nada.

Lucha, Encuentra un mundo escondido. Encuentra a sus pares. Se puede oir su voz que retumba. Mensaje de tambor que quiere llegar adonde anida el miedo y la violencia, esa voz que repite una y otra vez: “¡Huye sin mirar para atrás!. ¡Huye con tus hijos! ¡Huye, mujer, antes de que te mate!”

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Viñetas de Buenos Aires

La erótica de la cultura y Desayunando chez Cati

Este año no quiero mostrar el Buenos Aires de las luces y las sombras, quiero contarles que ¡por fin! casi todos están de acuerdo, casi todos tienen esperanzas y también , por fin, no es por un autoengaño, es porque se están tomando medidas valientes, inesperadas, se esta recuperando la dignidad y , por lo menos, con cautela, sin entregarse, la gente ha dado un voto de confianza a la espera de los próximos pasos. Si eso llegara a funcionar, y cada uno fuera capaz de asumir su responsabilidad, creo que sí, que, como pelota de tenis, podremos rebotar con fuerza y volar por lo alto…

I – La erótica de la cultura

Avenida Santa Fe, un plácido atardecer de junio. Una gran vidriera, una gran puerta, un gran interior iluminado : estamos en la librería Ateneo. Vamos a tomar un café, me dice un amigo con el que venia caminando.
Penetré en ese recinto, ese gran espacio totalmente blanco. En el centro un gran hueco con escaleras mecánicas hacia un sótano donde se atisbaban miríadas de CDs.

Pero, ¿ dónde esta el bar? Pregunté, viendo a mi alrededor una sucesión de mesas y estanterías pletóricas de libros. Al fondo, en el escenario, me contestó.

Pero yo, que sólo miraba a ras del suelo, no me daba cuenta de lo que eso significaba, hasta que llegué y me senté en un blanco y cómodo sillón tras una pequeña mesa redonda. A la izquierda, una barra de bar; alrededor, mesas con gente conversando, mucha leyendo…

Y entonces, miré hacia delante y vi algo inesperado, vi el teatro. Sí, el antiguo teatro con su cúpula pintada en el centro, sus bandejas blancas con luces todo a lo largo del frente de los antiguos parapetos tras los que estaban las butacas, esas luces blancas, brillantes, como bombillas redondas, gigantes, que hacían más luminoso y mas blanco el ambiente. Las tres bandejas, la de palcos y la tertulia, y detrás, se veían algunas estanterías con libros, personas que aparecían como sombras escenográficas. En lo que fueron los palcos avant-scene, al lado del escenario, al lado de donde estábamos, personas cómodamente sentadas leyendo un libro, al igual que en otras sillas diseminadas por la sala. Una librería, donde la gente lee los libros como en una biblioteca, en un lujoso ambiente de teatro…
No podía dejar de mirar el espectáculo, era fascinante, la escala del local con su descomunal altura, las bandejas definiendo el fondo curvo de la sala, propio de los teatros a la italiana…
Y uno se imbuye de ese clima y es inevitable deambular con aire teatral por la sala, pasos lentos, aire entre distraído e interesado, mirando aquí y allá las estanterías y las mesas con los libros minuciosamente ordenados por temas, enorme cantidad de títulos en cada una, creando una avidez sensual por tocarlos, mirarlos, leerlos…
En las mesas y por los pasillos, un publico variopinto, entre ellos personajes conocidos que parecen estar allí en su segundo hogar. Cerca nuestro, Sebrelli con aire de Frankestein esquelético, más allá, un personaje del tango.
Opulencia cultural, erótica del espacio. No podía levantarme, dejar de mirar el espectáculo y de pensar : realmente, estas cosas ocurren en Buenos Aires, donde el día anterior, quince mil piqueteros, llegaban a la Casa Rosada después de seis horas de marcha, a presentar sus demandas…

P.D. para los Ficticianos ávidos de noticias , chimentos ( arg.) o cotilleos ( esp): Ayer volví por allí y otra vez no me levanté hasta que las luces se fueron apagando a las diez de la noche , pero esta vez, amigos, estuve con ¡ Paola Cescon ! Si, amigos, todavía vive, y, aunque no lo crean, volverá por estos pagos.

II- Desayunando Chez Cati

Nueve de la mañana de un sábado soleado de Buenos Aires. Toco el timbre …es la casa de Cati. Si, allí estuve, me sentí la prima que venia de las Europas, aterrizando como ciclón, mostrando postales y fotos de Ficticianos de ultramar, en bares y playas… Sí, allí estuve, conocí a la madre, que habló animadamente conmigo a pesar de sus dificultades, a un marido entrañable ( lo siento chicos, admiradores incondicionales…) cariñoso, con una cara sonriente que no acusa sus igualmente pocos años, como Cati, que de su titulo de madre añosa solo ostenta su inmerecida autotitulación… Un pibe moreno, fuerte, con cara decidida, y una adolescente grácil y sonriente completan el grupo familiar.
Una compu, a un costado de la sala, a un paso de la TV y del fluir incesante de la casa, donde ahora entiendo por qué, sólo a las seis de la mañana, Cati se sienta a verter sus sentidas imágenes. Pero ¡ay! Informático amigo, cuándo irás a modernizarla… Quise mirar mi correo pero renuncié, era una PC tirada por bueyes, tendrás que motorizarla…
En la cocina, alrededor de la mesa, tomamos los tan esperados mates con medialunas y bizcochitos de grasa. Qué puedo contarles, de la conversación, nada, fue tanta la emoción que no puedo recordarla. Sé que tomamos mates, recuerdo las medialunas, los chicos que entraban y salían, las fotos de abuelos, madres, padres y casamientos, y que me sentía como si siempre hubiera estado en esa casa.

Luego fuimos a la casita donde está armando el Taller, qué linda casita, con patio y aire de cuento de hadas, llena de amor en las flores que, pintadas, adornan las paredes. En la habitación del taller, enmarcado y en lugar de honor, mi poema, Una puerta al sol, el nombre del Taller, que en unos de esos momentos lúdicos que me agarran, le había mandado , y un montón de recuerdos preparados para que me llevara, entre ellos mi Gotán ( un tango que escribí antes de venir) impreso sobre una pareja de bailarines de tango pintadas por la mano , la propia, sin computadoras ni nada, de Cati.
Y, en ese momento, ocurrió lo que ocurrió. Cati me regalo un anillo con sucesión de espirales cuadradas, ese aire étnico que adivinó que me gustaba, y yo, no pude evitarlo, sentí lo que comente a Cati en su cuento, que estábamos haciendo como los niños cuando se cortan para mezclar sus sangres, y no pude evitarlo, le regalé mi anillo talismán, una cucharita cuidadosa y artísticamente doblada… Y ahí quedamos hermanadas, o así lo sentí yo, más allá de todas nuestras diferencias de ideas y culturales, por ese hilo, fuerte y sutil, que enlaza sentimientos y espiritualidades…

15 / 06 / 2003

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Mediciones

Ya había pasado por la sala central pentagonal revestida de mármol blanco, terso, iluminada por la gran cúpula de vidrio a través de la cual se perciben los edificios que se elevan alrededor y en lo alto, la visión del cielo permite conectar con los ritmos naturales.
Allí, detrás de un amplio mostrador, tan níveo como todo el resto de la sala, iluminada por luces que se esconden detrás de pliegues de la superficie, le han pedido sus datos. Sentado sobre una protuberancia del suelo, a modo de banco, ha contestado una a una todas las preguntas de la Secretaria del Centro de Certificación de la Edad. Su nombre: Conrado, su número de identificación: EXZ-2044, distancia de su vivienda al Centro: 30 minutos en coche.
En el último Congreso, hace ya diez años, se han modificado en forma universal algunos parámetros que se utilizaban desde tiempos muy antiguos de la humanidad, y que ya no responden a las necesidades de las nuevas formas de organización social y del trabajo. Las medidas lineales: el metro, el kilómetro, han dejado de tener importancia como forma de definir las distancias. Ahora, las nuevas unidades son las de tiempo: horas y minutos referidas a recorrido a pie o en coche.
Una vez que ha contestado las preguntas básicas, Conrado pasa a la zona que está detrás del mostrador y su silueta se ve como una sombra moviéndose tras un laberinto de mamparas que lo van introduciendo en la primera sala, la gran cámara roja con dibujos en las paredes que evocan figuras mitológicas de la antigua China. Un enorme cartel en lo alto anuncia: Prueba de la emoción. Avanza, y se acerca a uno de los asientos donde aparece claramente indicado en la parte de atrás del respaldo, como cartel luminoso, su número de identificación.

Está preocupado, ha descansado todo el día anterior para poder superar esta prueba. Se sienta en el sillón, se ata y se coloca los grandes anteojos que lo sumergen en una habitación en penumbra donde la sombra de una mujer en las paredes, ondulando al son de una música oriental, preanuncia futuros placeres. En ese instante se activan los sensores que van a medir su temperatura, la sudoración, la velocidad de los latidos, su capacidad de erección… Allí puede estar todo lo que quiera, es él el que define la aventura, el que se puede implicar más o menos, prolongar o acelerar el final…Conrado no tiene idea del tiempo, se sumerge en sus sensaciones, siente la piel en sus manos, la boca en sus labios, ve su sombra enlazada a la otra sombra, ve una sola sombra de cuatro brazos y sigue, y sigue, hasta que exhausto, deja caer su cabeza sobre el pecho y se quita bruscamente los anteojos.

Cuando da por terminada esta prueba, Conrado tiene todavía que superar dos más. Se levanta, sigue las señales que lo llevan hasta una puerta que se abre a su paso y se encuentra en un umbrío jardín interior, con plantas, colores y perfumes reales, que le permiten conectar con su ser interior. Lo traspasa y penetra en una cámara totalmente recubierta por un tapiz verde amarillento donde tendrá que superar la Prueba de Adaptación Social.
Se sienta, otra vez brillando su número de identificación en la parte de atrás del respaldo del asiento, y se adapta los grandes anteojos. Nuevamente, los sensores se activan, van a medir el ritmo cardíaco, el tono de su voz, los rictus de los ojos y de la boca, la tensión de los músculos… Se encuentra en un lugar de trabajo en el que tiene que cumplir un rol que desconoce. Allí lo abordan algunos seres amables, otros agresivos, algunos que hablan un idioma que no comprende, otros que hacen gestos rituales de los que no sabe el significado.
Está sentado en un escritorio lleno de papeles y se le acercan personas que vociferan en un idioma extraño. Mira los documentos que tiene delante, tratando de comprende qué representan. Intenta hacer gestos amistosos para calmar a los que protestan y logra sonreír, mostrar una expresión conciliadora, amable. No debe perder ese empleo, en eso reside la prueba, en su capacidad de lograr, en el tiempo que dura, la aceptación de los demás. Pero no alcanza con eso, debe también descubrir el significado de las figuras geométricas dibujadas en las hojas que hay sobre la mesa.
Parece que las sonrisas han calmado a los seres indignados que lo rodean y Conrado puede mirar más tranquilo los signos. En un momento dado cree reconocer en las rayas aparentemente aleatorias las mamparas que había encontrado en su camino hacia la primera sala. ¿ Y si eso fuera un plano?
Esta vez el plazo está dado, en ese momento la prueba termina y vuelve a encontrarse nuevamente solo, sentado en el sillón, en la sala verde.

Se levanta, se encamina hacia la salida, y avanza a través de un jardín, donde un arroyo de agua cristalina serpentea a lo largo de los surcos trazados en el suelo de mármol.
Ahora, sólo resta cumplir con la última prueba del día: la capacidad de Adaptación Cognitiva.
Conrado entra en una tercera sala, similar a las anteriores, de color azul. Se vuelve a sentar en un sillón en cuyo respaldo brilla su número y al ponerse los anteojos, se activan los aparatos que miden la actividad cerebral, el movimiento de sus ojos, la respiración, el ritmo cardíaco, mientras se enfrenta a una prueba de capacidad de aprendizaje.
Tendrá que asimilar una teoría que no conoce y luego inventar un elemento que la pruebe. Le hablan de superficies de una dimensión, de dos dimensiones, de tres, de cuatro…y le piden que cree una cinta tal, que una hormiga pueda caminar a lo largo de ella, recorriendo sus dos caras. Siente en su mano el material, el frío del metal, brillante y maleable, y las hormigas mecánicas recorriendo sus dedos.
Por más que lo intenta, no logra crear nada más que un anillo por el que la hormiga puede avanzar indefinidamente, pero no puede pasar para el otro lado. Quiere romper todo, tirar a lo lejos las hormigas. Trata de calmarse, mira atentamente la cinta, pero no puede conseguirlo…

Conrado termina y sale del Centro, temiendo que lo degraden y no poder seguir con su trabajo en la empresa. Está listo para emprender su viaje de treinta minutos en coche, mientras piensa que todavía le falta lo peor, la Prueba de Plasticidad de los Enlaces Inter.-neuronales. Tendrá que meter la cabeza en un tubo, y allí medirán, mediante impulsos eléctricos, la capacidad de plasticidad de los enlaces, que es la cualidad física que permite verificar en forma directa, lo que se había medido en base a sus respuestas.

De estos resultados depende Conrado para definir su ubicación en la sociedad. Es el nuevo concepto que caracteriza a las personas. Ya no preocupa la edad, sino el rendimiento. Ya no se mide el tiempo transcurrido desde el nacimiento, eso no importa. Lo que importan son las cualidades, las capacidades de enfrentarse a nuevas técnicas, a nuevos incentivos sociales, al intercambio afectivo…
Y cuando determinen qué trabajo puede hacer y dónde deberá hacerlo, no podrá seguir viviendo en su misma casa. Tendrá que mudarse a la distancia-tiempo admitida por el Consejo, con un afán de controlar el rendimiento de la jornada y de minimizar los gastos de combustible en este momento en que se van acabando las reservas.

23/03/2003 / 10/03/2005

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29 de Octubre

REFLEXIONES A 10.000 Km. de BUENOS AIRES

Sobre el amor

Me pregunto, todos nos preguntamos: ¿Cómo una presidente que había perdido, hace tan poco tiempo las elecciones legislativas, pudo ahora ganarlas de esta manera y pudo tener la mayoría más mayoría que hubo nunca en nuestro país? ¿Qué mueve al electorado cuando elige en el cuarto oscuro?
Quizás los electores no piensen. Sientan.
Las razones para apoyar su actuación son muchas, pero intuyo que no explican el fenómeno CFK. tanto como no explican el odio de un sector de la población que no la vota los posibles fallos o la confrontación con otro “modelo”

¿Por qué nos enamoramos? Si somos capaces de contestar a esta pregunta, quizás descubramos el secreto. Quizás no importe lo que haga, quizás importe su carisma, su empatía. aquello que puede enamorar a millones de personas. Y entonces tenemos que preguntarnos qué atrae en Cristina como para haber convertido en amor tantos odios.

Estuve en Buenos Aires en Julio de 2009, creo recordar esa fecha, fue durante la epidemia de gripe asiática. Una tos recalcitrante me encerró en un departamento alquilado, un espacio que no era el mío. En esas circunstancias, me zambullí en la televisión para ver qué pasaba, qué se decía, qué veía la gente, cómo eran los programas. Y en esa semana vi muchas veces a Cristina. Yo estaba de acuerdo con su política, su fuerza frente a los acosos pero no soportaba ver su imagen. Entendía que la gente pudiera rechazarla. El negro alrededor de sus ojos era una barrera que la separaba del espectador, mujer distante, fría, retando a algún ministro que la acompañaba como una maestra de escuela antigua. Se creaba un abismo entre el espectador y la escena…

Escuché y vi, hace poco, dos discursos, uno en un organismo internacional, el otro cuando se conoció la envergadura de su victoria en las elecciones. Y era otra mujer, cálida, conectando con el espectador, mostrando una combinación sabia de dulzura y seducción sutil y al mismo tiempo convicción y fuerza.

(continuará)

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El hilo de Ariadna (Cati)

Cati Cobas, maestra y arquitecta, escritora y artesana aficionada, como nos cuenta en la presentación de su caticobas.blogspot.com, va por el mundo mirando más allá de su mirada y vertiendo sus impresiones a través de sus Caticrónicas.
Todos los días se sienta frente a la computadora, a las seis de la mañana, antes de empezar con sus responsabilidades de hija, de esposa y de madre, como también se autodefine, investiga, busca datos ciertos que completen esa mirada y así, semana tras semana, sus textos van cubriendo de letras y fotos su rincón en la web.

Su pasión por la vida y el amor por Buenos Aires, no llenan su existencia. Hay un vacío, algo que quedó desde la infancia, el corte con su Mallorca, la de sus abuelos, la de su padre, la de ese idioma que le gustaba tanto escuchar; era su mundo imaginario, la isla de sus piratas. Y ese amor no correspondido, le hacía daño. Una familia rota por el océano y el tiempo, el dolor de los que quedaron que se venga con el poder de la tierra, el dolor de los que se fueron, que ven que los arrojan de su pasado…
Eso estaba en el fondo del alma de Cati, el viaje iniciático, la búsqueda de su Itaca. Ese deseo, esa fuerza, encontró un vehículo, se introdujo por los intersticios del ciberespacio y llegó hasta la isla soñada. Y allí encontraron el papel dentro de la botella, con sus recuerdos no recordados, que se estiraron y estiraron, desde el Mar Mediterráneo hasta el Río de la Plata. Sandra Llabrés y Joana Pol, de IB3, la descubrieron, descubrieron su blog, leyeron las crónicas, las que hababan de esos recuerdos soñados de Mallorca.

Y ocurrió el milagro, el milagro de la radio y de Internet y el milagro de la amistad. Porque treinta botellas, en forma de e mails que mandaban saludos, hablaban de Cati y de sus crónicas, llegaron de México y de España, de Austria y de Argentina, para acompañarla en su bautismo balear, el programa que le dedicaron, la entrevista.
También escuchamos las palabras de la Conselleira de inmigración de las Islas Baleares, que valoró, en forma entrañable, la persistencia de Mallorca y de su idioma en la memoria de Cati y la voz dulce de Sandra Llabrés, que leyó la crónica de las paellas y las ensaimadas, con una música suave que nos envolvió y nos pudimos meter, todos, en la emoción de un reencuentro que ella no esperaba, pero tan anhelado.

Y siguiendo el hilo que habían dejado años atrás sus abuelos y armando nuevamente el ovillo desde el Río de la Plata hacia el Mar Mediterráneo, encontró, además de a otros familiares por el camino, a su otro yo mallorquín, su `primo, el que también escribe, el que le habla del ruido del mar y de las abejas, las mismas que quería criar su padre en Buenos Aires, el que también es maestro, el que tiene un periódico en Camas, el pueblo de donde partió su abuelo hacia el oeste, el que le está publicando las crónicas en catalán y así, por fin, se encontró a sí misma, encontró su otra cara, el alma que había quedado allí, hibernando, y ovilló todo el hilo, vio la luz a la salida de la cueva y también el mar y a toda la familia, que le contaba sus historias desde las fotografías que inundaron su pantalla, y mandó las suyas, y sintió que Mallorca se pegaba del otro lado de la Casa Rosada, quedaba adherida a su tierra, como un barco amarrado en puerto.
Y vio bajar a todos, el primo a la cabeza, cantando como cantaba su abuelo, seguidos de una fila de sombras que bailaban al compás de la música; las sombras de los que ya no la podrán conocer.

29 de julio, 2007

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Intersticios…

Era la hora en que el color plomizo del cielo invade las calles. Bajó del colectivo y caminó hasta la puerta de su casa, pensando en una taza de café humeante, y en el calorcito de la estufa.
Hacía mucho frío, la campera apenas lograba frenar el viento que se colaba por los intersticios del tejido. Con gesto apurado, metió la mano en la mochila buscando su llavero. Revolvió dentro, entre los álbumes de CDs y los papeles, pero no lo encontró. Fue quitando uno a uno todos los objetos y colocándolos ordenadamente en el alféizar de la ventana, pero así sólo logró tener la certeza de su desgracia.
Las persianas estaban bajas, y a través de las hendijas no se veía ninguna luz encendida. Estaba solo frente a su casa, sin poder entrar, y los chicos seguramente llegarían tarde. La esposa tampoco estaba; llamó a su celular para que tomara un taxi y pudiera llegar lo más pronto posible con las llaves salvadoras… Pero pasaban los minutos: cinco.. diez… quince… veinte,… veinticinco… treinta… y ningún coche se acercaba a la casa. Tenía cada vez más frío, saltaba sobre un pie y luego sobre el otro, mientras se restregaba las manos y las soplaba para darles calor. Volvió a rebuscar en su mochila, desconfiando de sus propios actos, deseando que un milagro hubiera devuelto el llavero a su sitio.
Ese milagro no se había producido, pero en un pequeño bolsillo palpó algo que no esperaba encontrar: se lo había regalado MC unos días antes y allí había quedado escondido: un redondo chupa-chupa de chocolate; sacó con cuidado el papel que lo envolvía y pasó una y otra vez la lengua por la negra superficie. El gusto dulzón y penetrante se deslizó por la garganta y siguió su camino….Ya no sentía el frío, ya no estaba solo: ese pequeño presente le daba calor en el pecho y aliviaba su espíritu.. .
Mientras el llavero se eternizaba viajando en colectivo, y ningún coche bajaba la banderita en la puerta de su casa, una pequeña esfera marrón simbolizaba los cuidados, las atenciones, los sentimientos…
El amor, como el viento, se colaba por los intersticios…

5/8/2006

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POEMAS DE BORGES

POEMAS DE BORGES

14 de julio de 2006

a 20 años de su muerte

 Para quienes aman sus versos

Everness (escuchar)

Sólo una cosa no hay. Es el olvido,

Dios, que salva el metal, salva la escoria

Y cifra en Su profética memoria

Las lunas que serán y las que han sido.

Ya todo está. Los miles de reflejos

Que entre los dos crepúsculos del día

Tu rostro fue dejando en los espejos

Y los que irá dejando todavía.

Y todo es una parte del diverso

Cristal de esa memoria, el universo;

No tienen fin sus arduos corredores

Y las puertas se cierran a tu paso;

Sólo del otro lado del ocaso

Verás los Arquetipos y Esplendores.

El sueño (escuchar)

Si el sueño fuera (como dicen) una

Tregua, un puro reposo de la mente,

¿Por qué, si te despiertan burscamente,

Sientes que te han robado una fortuna?

¿Por qué es tan triste madrugar? La hora

Nos despoja de un don inconcebible,

Tan íntimo que sólo es traducible

En un sopor que la vigilia dora

De sueños, que bien pueden ser reflejos

Truncos de los tesoros de la sombra,

De un orbe intemporal que no se nombra

Y que el día deforma en sus espejos.

¿Quién serás esta noche en el oscuro

Sueño, del otro lado de su muro?

Al espejo (escuchar)

¿Por qué persistes, incesante espejo?

¿Por qué duplicas, misterioso hermano,

El menor movimiento de mi mano?

¿Por qué en la sombra el súbito reflejo?

Eres el otro yo de que habla el griego

Y acechas desde siempre. En la tersura

Del agua incierta o del cristal que dura

Me buscas y es inútil estar ciego.

El hecho de no verte y de saberte

Te agrega horror, cosa de magia que osas

Multiplicar la cifra de las cosas

Que somos y que abarcan nuestra suerte.

Cuando esté muerto, copiarás a otro

y luego a otro, a otro, a otro, a otro…


 

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En la terminal

El silencio: Eso es lo que más le gustaba. Estar en medio de toda aquella gente y sentir el silencio. Sólo ocurría allí, en el edificio del aeropuerto. Apenas oía, a veces, un murmullo sordo. Y no era porque estuviera solo, ni porque faltaran las conversaciones. No, era porque ese espacio era así: se tragaba los sonidos.
Esa fue la razón para quedarse. Odiaba el ruido ensordecedor de la autopista, los camiones que lo adelantaban tocando la bocina, la señora del cuarto izquierda que gritaba a su hijo, los vítores que llegaban desde el bar en las noches de partido…
Cuando cerró la ventanilla de cambios del banco, ese viernes, supo que no iba a salir más de ahí adentro.

Deambuló por la gran nave, se montó en las cintas transportadoras, corrió tras un carrito, caminó y compró una revista. Dio vuelta por los free shops hasta encontrar lo que buscaba. Luego tomó una buena ensalada y un café con crema en el bar donde acostumbraba parar un rato antes de ir hacia su casa, allí donde atendía aquella rubia, la que mostraba sus formas curvas bajo la falda estrecha y con la que acostumbraba conversar cuando se acercaba a su mesa.
Volvió dando un paseo y contando una a una las columnas: cinco amarillas, siete naranjas, cuatro rojas, hasta estar de vuelta en su flamante hogar. Llevaba en su mano una gran bolsa con la compra., abrió con sigilo la puerta y entró rápidamente; allí no había casi nada: una silla con ruedas y un buen respaldo con apoya cabezas, un armario metálico de tres puertas y luego el suelo que se extendía en forma de moqueta suave y mullida. Se echó a dormir, bajo una de las mantas y la otra como almohada: estaba en el piso, pero para él era un colchón tibio. Así pasó la noche, durmiendo hasta que sonó la alarma de su teléfono móvil.
Se echó a dormir, bajo una de las mantas y la otra como almohada: estaba en el piso, pero para él era un colchón tibio. Así pasó la noche, durmiendo hasta que sonó la alarma de su teléfono móvil. Eran las ocho de la mañana y tenía aún mucho tiempo hasta la hora de abrir la ventanilla, a las nueve.

Descubrió que no tenía baño. No había pensado en eso, pero ya estaba ahí, y no había marcha atrás posible. Tenía que salir fuera, y debía ir a los aseos más cercanos. Entró al de minusválidos, era grande, cómodo, individual, y casi nunca se usaba. Ése sería su baño, allí podría lavarse tranquilo, sin problemas. No había pensado en la lavandería, tendría que comprar ropa nueva, recordó la lavandería del hotel y supo que encontraría la solución.
En la amplia moqueta hizo gimnasia. Tirado en el suelo, apoyó las manos con firmeza, y comenzó: arriba, abajo, arriba, abajo, arriba, abajo…Eso le gustaba, y luego tocarse los brazos fuertes, musculosos. Y un poco de abdominales y saltó un rato sobre sus dos pies, girando las manos con su cuerda imaginaria. Eso era vida; moverse, sentir la sangre corriendo por las venas. Luego a desayunar y por la tarde se tenía que acercar al hotel a resolver lo del lavado, ya inventaría alguna excusa….Mientras, a comprar una buena camisa. Vivía en un aeropuerto, tenía que estar elegante, como si viajara en primera… Así lo imaginarían los que lo vieran dando vueltas por ahí. Los que no lo hubieran visto en la ventanilla. Además, en el trabajo se quitaría las lentillas, y se pondría unas gafas para leer, estrechas, de marco de colores, que había visto en la boutique; tenía que elegir bien el tono, llamativo pero austero al mismo tiempo: era cajero de un banco. Con eso cambiaría la imagen, haría que al salir casi no lo reconocieran…aunque, quién lo iba a reconocer: la gente pasa, sigue de largo, y toma el avión, o se va para la ciudad…y ya no la ves.

Así fue como Agustín Robles, a las ocho y veintidós de la mañana, salió por la puerta de la oficina de cambios de la Caja de Madrid, y se mezcló con los escasos viajeros que a esa hora caminaban por el aeropuerto. Ese sería ahora siempre su paisaje y lo miró con atención: la imagen de la amplia nave hablaba de limpieza, eficiencia, velocidad; las suaves curvas revestidas de bambú creaban un ambiente acogedor. Todo tenía que ser impecable. No había dramas, algunas veces se producía un caos, pero ese caos no podía ser una variable cotidiana.
La terminal era una enorme puerta que recibía y despedía a los viajeros. Y él no se movería de esa puerta, no le gustaba el mundo de adentro y aún no conocía el de afuera. Vivir en esa frontera, era lo mejor que podía hacer. Sobre todo, ahora que esas grandes entradas cada vez tenían más servicios. Ya se estaban formando, oyó contar a los pilotos, centros comerciales en otros aeropuertos, pequeñas ciudades adheridas al gran edificio, como las casas que se apiñaban pegadas a las antiguas murallas. Tenía que conseguir un portátil y esa puerta de la ciudad sería también la puerta al mundo.

Revivió su cuarto, el que había dejado en el apartamento de Tres Cantos. La estrecha escalera por la que subía cuando volvía del Aeropuerto. Su puerta con el Jesús, ese Jesús pequeño y dorado que había encontrado al mudarse: un talismán puesto por los antiguos dueños que no había atinado a quitar al llegar, aunque él, a una iglesia, hacía ya muchos años que no entraba. Y luego, el pequeño hall donde se abría la puerta de la cocina y enseguida se encontraba en la sala pequeña pero acogedora, con su mesa a un lado y, al otro, los sillones que invitaban al encuentro y la conversación. Y se vio ahí, sentado, la morena cabeza de Laura apoyando sobre sus muslos y él acariciándole durante horas mientras miraban películas de terror, las que tanto gustaban a Laura. Se vio allá, con el vaso de coca-cola en la mano, vicio que a ella le horrorizaba, sintió el calor del radiador que estaba encendido a su lado, porque Laura siempre tenía frío. Pero ¿`por qué se acordaba de todo eso ahora? Ya habían pasado tres años, tres años desde que ella desapareció…de su vida. Sin embargo, no lograba tener recuerdos más cercanos, cada vez que le aparecía una imagen, era Laura en el baño, Laura en la cocina, Laura en la cama…Laura en la cama: tres años en que nunca había rescatado ninguna imagen de ella dormida, siempre acurrucando su cuerpo contra el suyo buscando el brazo que la rodeara y la mano que se apoyara mansa sobre su pezón aún virgen. Otras Lauras habían ocupado ese espacio, unos días, o unos meses, pero entonces no había recuerdos, sólo había ese presente, hasta que otro presente se superponía y lo desplazaba. Pero ahora, solo, frente a ese escenario casi vacío, sus recuerdos lo llenaban de Laura. Ahí podía rescatarla, la atrapaba, la tenía otra vez consigo.

Los días pasaban rápidamente, uno tras otro, siempre sonriendo a los clientes que se acercaban a la ventanilla, con los yenes o los dólares para cambiar por euros ; también, de vez en cuando, algún cliente del banco, pero esos eran los menos. En estos años había aprendido algunas palabras en todos los idiomas. Por favor, los números, adios, en lenguas cada vez más extrañas. Desde que se había implantado el euro, ya nadie venía con su bon jour, ni con el bon giorno, todo era un galimatías ininteligible de idiomas asiáticos. Pero el oído fino de Agustín retenía las expresiones y podía luego repetirlas. Así, aunque sólo en ese instante, establecía un vínculo de empatía con su cliente.
Ese era su mundo; y el bar, y la camarera. Siempre palabras sueltas, sonrisas…y luego el adiós. Relaciones, atracciones, repulsiones, hasta algún sentimiento súbito de deseo inalcanzable, porque siempre el paso era efímero, circunstancial. Todo ocurría en esos segundos, o escasos minutos del paso por la ventanilla, o cuando le cobraba la rubia del bar, apurada por el llamado de otros clientes…Todos sentimientos mínimos en el tiempo.
A la semana de estar allí, comenzaron a suceder las desapariciones. Por los altavoces llamaban a pasajeras que habían facturado pero que no aparecían a la hora del vuelo. Eso producía enormes complicaciones, bajaban todas las valijas nuevamente para separar las que ella había facturado y se retrasaban las salidas. Era el misterio del aeropuerto, ocupaba páginas y páginas de los periódicos, que desarrollaban distintas hipótesis. Como si el aeropuerto tuviera un agujero negro: porque ellas no aparecían en ninguna parte.

Agustín Robles estaba angustiado, su situación irregular podía hacerlo blanco de sospechas. Hasta ahora nadie parecía saber que quedaba allí, tras las mamparas que separaban su mundo privado del mostrador que daba al hall de la Terminal. Por las noches soñaba las desapariciones. Se veía a sí mismo acechando hasta que veía a Laura, la melena hasta el hombro, acercándose desde el final del largo pasillo y cimbreando el cuerpo mientras avanzaba. Y luego la veía pasar y desaparecer diluyendo su cuerpo en el espacio. Porque Laura desaparecía en cada una de las mujeres que desoían las llamadas a embarque y que tampoco volvían a sus casas. La soñaba cada noche, y cada noche en sus sueños volvía a esfumarse.
La policía privada tenía prácticamente ocupado el aeropuerto. Interrogaban a todos los empleados, para buscar algún indicio. Dos o tres veces, distintas personas le preguntaron por su horario, si no había visto nada raro, si recordaba alguien que acosara a alguna de las mujeres desaparecidas. Le mostraron retratos para ver si recordaba alguna… el miraba con temor, pero ninguna era Laura…
Estaba desesperado, se sentía cada vez más culpable. Realmente no reconocía a ninguna de las mujeres que le mostraban, pero él se sabía débil, pensaba que si descubrían su refugio, con seguridad lo considerarían sospechoso. Así que apenas salía de la oficina, y siempre en las horas inmediatas a su horario de trabajo, porque así lo hacía cuando vivía en la ciudad: antes o después, pasaba por algunos de los bares, y allí tomaba su café al llegar, o comía antes de volver a su casa.
Sentía que estaba perdiendo su libertad. Lo que había soñado, el ser libre por el aeropuerto, sentirse allí seguro, se había terminado. Y cuanto más angustia sentía, más lo absorbía el recuerdo de Laura y más veía su cara en todos los carteles que aparecían por el hall del aeropuerto.

No sabía cómo desaparecer, sin que nadie se diera cuenta. Era imposible, no podía dejar su trabajo, eso llamaría más la atención. Saldría de allí en alguno de los aviones para ir…¿dónde? ¿Dónde podría estar tranquilo, dónde podría sentirse libre?
Podía pedir una semana de vacaciones y lo hizo. Buscó las ofertas y decidió que iría a Gambia: las playas y el mar azul, los árboles tropicales atrás. La tranquilidad que rezumaban las fotografías que aparecían en Internet lo subyugaron; sacó su pasaje en la oficina del aeropuerto, y comenzó a pensar en los días que tendría de tranquilidad y de paz… Y así fue como logró, al estar sentado en su asiento del avión, mirando desde arriba el colchón blanco de nubes, olvidar sus inquietudes, olvidarse de Laura, olvidarse de él mismo y dormir tranquilo…
Pensaba que ese lugar, donde la gente hablaba una jerga incomprensible lo mantendría aislado y a salvo…estaría tranquilo en su hotel, en la habitación, mirando la playa y el mar desde la ventana, sin hablar con nadie, sin que nadie lo molestara…Comería allí mismo y quizás, a algunas horas, cuado viera que la arena se extendía infinita sin que nadie paseara por ella, bajaría a caminar por la orilla del mar.

Así fue como, al llegar a Gambia, con su bolso en la mano, salió inmediatamente del aeropuerto y tomó un taxi. Como en todas las ciudades del mundo, los taxistas se entendían en cualquier idioma, y lo llevaron rápidamente a su hotel en la costa.
La habitación era tal como la había imaginado, con una amplia ventana desde donde se veía nítidamente dibujada la curva franja de arena blanca y se podía contemplar y escuchar el romper de las olas cuando la mordían.
Se sintió seguro y pensó que esa paz lo iba a salvar. Se tiró sobre la cama pensando en dormir largamente…y eso hizo ese primer día hasta que por la noche, cuando se había puesto el sol, bajó a caminar por la orilla en la absoluta soledad de las sombras. Sintió la tibieza del aire en el cuerpo, y se relajó zambulléndose en la rompiente.
Cuando volvió al hotel se sentía nuevo y se apoyó sobre el mostrador del bar para tomar una cerveza. El camarero era alto, grueso, de pelo enrulado y gran conversador políglota. Estaba hablando animadamente con unos ingleses, cuando le dijo en un español bastante claro: ¿vió lo que pasó en el aeropuerto? ¿Se enteró al bajar del avión?
Él no tenía idea de nada. Su viaje había sido tranquilo y más aún la llegada. Decididamente, no había visto nada extraño.
—No se qué puede haber pasado, contestó.
—Desapareció una pasajera. Había salido muy temprano del hotel, El taxi la dejó en el aeropuerto, pero no subió al avión. Estamos preocupados. Toda la policía está investigando lo que puede haber pasado…

Agustín Robles sintió una opresión en el pecho. Ahora no podría quedarse tranquilo en su habitación. Se supone que un turista hace excursiones todos los días y no podría salir por la noche porque eso también es algo extraño. ¿Qué podía hacer un visitante solitario, cuando no hay ya nadie en la playa, agazapado tras las brumas de la noche? Sabía que eso podía resultar sospechoso, y pensó que no lo podría soportar, que era necesario salir de ese lugar. Pero ya no era posible, allí tendría que quedarse, pasara lo que pasara…
Pensó que era inevitable que relacionaran su nombre con los dos aeropuertos donde pasaban esas cosas extrañas. Era como un denominador común, el enlace que necesitaban los investigadores. Sería blanco inmediato de sospechas. Y él se sentía culpable, no lo podía evitar y eso se notaría en los interrogatorios y pensarían que escondía algo…
Ya no se sentía seguro, había perdido la tranquilidad de la vida en la Terminal, y la semana que se tomó para separarse de la tensión de las investigaciones estaba resultando mucho peor. No estaba a gusto en el mundo real, le molestaba la gente, sólo estaba a gusto en su cuarto y en la playa, en la soledad de la noche… No estaba dispuesto a tener que salir, a hacer una vida normal. Quedaría en su habitación como había planeado, aunque con la angustia de la espera de unos golpes en la puerta, unos golpes que vinieran a interrogarlo, quizás a buscarlo…

Y en ese estado de espíritu, puso la TV para relajarse antes de dormir, una película de las que tanto gustaban a Laura…
Y entonces vio la escena, tan clara como si estuviera sucediendo delante de sus ojos: Él persiguiendo a Laura cuando iba al trabajo desde la casa de sus padres. Y ella, negándose a hablar con él, escapando permanentemente. Él frenando el coche y metiéndola dentro. Él llevándola a un descampado. Él bajándola con fuerza del coche y pegándole con una rama en la cabeza. Él viéndola caer. Él viendo que no se levantaba. Él corriendo hacia el coche. Él saliendo a toda velocidad por las calles, subiendo a su casa, sentándose en el sillón, encendiendo la TV y mirando, una tras otra, las películas de terror que a ella tanto le gustaban.
Miró la pantalla; un hombre, sentado en el sillón, acariciaba a una mujer, que apoyaba la cabeza sobre sus rodillas, mientras en la pantalla de TV se veía un personaje desencajado con un palo en la mano, pegándole a la mujer hasta que cayó al suelo sin fuerzas.
Esperaría a Laura toda la vida. Aquella mañana, fue la última vez que la vio, tirada, sobre la hierba. Tenía que encontrarla otra vez, tenía que ver cómo se acercaba moviendo su cabeza, ondulante su melena, tenía que ir a buscarlo a la Terminal para llevarlo a casa.

La semana se le hizo interminable, esperando cada día que otra mujer desapareciera y buscando excusas para no salir a la calle, o hacía demasiado calor, o le había hecho mal esa comida que nunca había probado antes. Y así sólo salía al atardecer, y deambulaba hasta entrada la noche en que volvía a tomar su cervecita y a buscar sus temores y sus sueños reflejados en la pantalla del televisor.
Por fin, llegó el día de la partida. Estaba tan tenso y tan cansado como cuando arribó a esa tierra paradisíaca que no pudo disfrutar. Y llamó al taxi, cogió su maleta, y enfiló hacia el aeropuerto, deseando que allá, por arte de magia, todo se hubiera acabado.
Otra vez, como si realmente él mismo lo provocara. Otra vez llamaban insistentemente a presentarse a una mujer. Todo el aeropuerto estaba expectante, todos los de su vuelo temían el inevitable atraso. La inquietud se podía leer en los ojos de las mujeres, los baños estaban vacíos, en las confiterías la gente se miraba, los unos a los otros.
Pero con su avión no hubo problemas, salió justo en hora y tomó rumbo para Madrid. Allí se sintió seguro. Pensó: tendría que trabajar aquí, en los aviones, salir de mi aeropuerto y sentir la paz de este lugar que queda suspendido a 1000 metros sobre el suelo… Quizás esa era la solución, conocía a algunos pilotos, hablaría con ellos.

El viaje fue realmente tranquilo, entre comidas, películas anodinas, y algo de sueños, llegó el momento en que escuchó las palabras siempre tan esperadas: dentro de diez minutos llegaremos al aeropuerto de Madrid, abróchense los cinturones, pongan vertical el respaldo del asiento, la temperatura es de ….grados…Estaba llegando.
Con su pequeña maleta en la mano, enfiló hacia la salida, no tenía por qué ir a las cintas. Y cuando caminaba por la larga nave, hacia la salida, buscando la parada de taxis, vio un coche que partía del aeropuerto y en su interior, en el asiento de adelante, vio la inconfundible cabeza de Laura, su sonrisa, su pelo que ondulaba aun sin el viento. Pero no podía estar seguro, quizás la había confundido, la había imaginado. Pero quizás también era ella, y entonces, no había desaparecido…
Respiró el aire puro, miró a lo lejos el horizonte nítido de la sierra, dio media vuelta y entró nuevamente al aeropuerto hacia la ventanilla del Banco de Madrid, su oficina…

Cuando llegó allí dos hombres estaban hablando con el empleado. Al acercarse, lo miraron y le preguntaron:

— ¿Agustín Robles, verdad?

— Sí, ese soy yo.

— Cuerpo especial de la policía de la Terminal. Tiene que acompañarnos.

— ¿…? Preguntó con la mirada.

— Hemos encontrado pertenencias de las mujeres desaparecidas en esta oficina. Tiene que contarnos dónde estaba el….
Agustín Robles se puso pálido, sintió que se oprimía su garganta y le faltaba el aire en los pulmones. Su estómago se retorcía y el corazón amenazaba con estallar. La comida que le habían servido en el avión pugnaba por salir, las piernas le temblaban y deseaba, más que nada en el mundo, correr hacia el baño…
Los miró fijamente, esbozó una helada sonrisa y los siguió con la sensación de que, por fin, todo había terminado.

7 de junio de 2006

Publicado en Historias urbanas