Margot : Mi crónica imaginaria

Caminó hacia el estrado, asomando sus blancos y grandes dientes tras una amplia sonrisa. Habían nombrado a su amiga, y se levantó de inmediato; tenía que recoger el diploma .
Gracias en nombre de Miriam Chepsy que hoy quisiera estar acá, pero no puede–dijo al recibirlo– Y aclaró luego que está, desde hace muchos años, en el país de los que inauguraron esa casa, aunque del otro lado, cerca del Finis-térrae
No es la única –agregó Rubén Derlis– también participaron otros dos que residen en “extranjia”, uno en Tenerife y otro en Udine, lo que nos hace suponer que el homo porteñensis siempre será como dijo el poeta “argentino hasta la muerte”.
La sala con las sillas de madera ordenadas en filas como si fuera un verdadero teatro, se veía llena. Todos estaban atentos a los nombres, al ritual de la entrega y del apretón de manos y pensaban, con cierta emoción, en los compatriotas que sentían su identidad allá , tan lejos de su tierra.
Con la hoja apergaminada en la mano, donde lucía el óvalo rojo de Baires Popular , el lema Juntos por la identidad y el texto que refería al concurso y a la Mención, Cati observó a la concurrencia. Hombres, mujeres y niños, atentos, participaban de la ceremonia y esperaban también el fin para festejar el tan anunciado vino. Sonrió recordándose ahí mismo, en una silla de esas, callada, obediente, en un acto parecido en ese mismo centro, la casa de los mallorquís, donde había pasado tantas tardes de domingo corriendo entre las parejas que bailaban al ritmo de la sardana…
Rubén cerró el acto con la presentación de la antología, habló de los cuentos, del libro, de la rica experiencia vivida, del trabajo del jurado, de la calidad de los textos que habían tenido que evaluar…y comentó que se podían comprar allí mismo, en aquella mesa del costado, y alrededor se arremolinó la gente para llevarse ejemplares.
Cati cargó los diez en una bolsa y caminó hacia la otra sala donde sobre una larga tabla, que dejaba ver debajo los caballetes alineados, esperaban los platos con los triples y los canapés, las botellas de vino y los vasos.
Allí fue donde la vio, tan clara como en aquellos días. Con los ojos brillantes y la sonrisa plena, su madre, dejándose llevar por los brazos de su hombre, iba y venía por la pista, apurando el compás de un pasodoble, el mismo que ella estaba escuchando por los altavoces…Y se vio, con su pollera fruncida de piqué blanco y su canesú bordado, mirando atentamente el dibujo de los pies mientras giraban y se deslizaban sobre la madera del suelo de la gran sala, esperando el día en que pudiere también participar de verdad del baile y dejar de saltar entre las piernas como los otros niños.
Y vio también a sus tías y a su abuela, que sentada en el borde de la pista observaba a todos, mientras conversaba con otras mujeres de su tierra lejana, de la isla que añoraba, la de la catedral asentada sobre las rocas a la orilla del mar, el nítido azul del agua, y aquel idioma que afloraba en esas fiestas. Le atraía el canto de esa jerga incomprensible, porque estaba unido a las historias de aquel mundo que, como antesala del sueño, ella le contaba por las noches…
Las abuelas observaban, cuidaban de sus hijas solteras; sus padres y los de sus amigos disfrutaban de esas veladas, del baile, el mejor antídoto para el cansancio de la semana de diez horas de trabajo diario. Y se movían por la sala, traspasando como si fueran de aire, los cuerpos de los que estaban festejando la presentación de la antología de los cuentos. Mientras ese baile se desarrollaba, ahí estaban ellos, hablando de la identidad, de los exilados, de los que buscan otra vida sin poder encontrarla, de los tiempos de antes, de esa gente que en ese momento estaba bailando ahí mismo, pero que no podían ver. Sólo Cati los reconocía y les sonreía cuando pasaban a su lado…
Ella miraba todo emocionada, mientras leía una de sus crónicas a los que estaban allí, alrededor de la mesa. Emocionada por el reencuentro con su abuela, con las otras mujeres, con esa madre que bailaba lejos de su casa, del sillón que ahora no la deja más que cuando va a la cama, y de la tele.
Y ese encuentro le abrió otro mundo: el de la gente que, como ella, vive con intensidad su ciudad, sus personajes, los cambios que el devenir de la historia van provocando, las frustraciones y las alegrías, el ser el salame del sándwich, disputar una presa al cartonero, sufrir lo que viven los hijos en estos tiempos que corren, y ver todo lo que se vuela porque soplan fuerte los vientos desde hace tantos años….
Y a catorce horas de avión su amiga Miriam imagina las paredes blancas de una casona de la Calle Colombres a un paso de San Juan y Boedo, la esquina que cantara Homero Manzi cuando decía: San Juan y Boedo antiguo, y todo el cielo/ Pompeya y más allá la inundación/ tu melena de novia en el recuerdo y tu nombre flotando en el adiós…

noche del 16 al 17 de mayo, 2005
(durante la entrega de premios)

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