Cromagnon

Cromagnon

primera versión

TRAGEDIA EN EL BOLICHE DE ONCE

Una bengala, durante un recital de la banda de rock “Callejeros”, incendió las telas del techo del local República Cromagnon. Confirmaron 175 muertos y 714 heridos, 102 de ellos críticos.”

Diario Clarín, 31/12/ 2004

 

Caminaba con mi amigo Pedro, a paso tranquilo, sintiendo la brisa suave de una tarde de otoño en Buenos Aires. El ruido de los coches, alguna sirena que taladraba el aire, las voces de la gente que pasaba al lado nuestro, eran como un río al que le hincábamos la popa de nuestro tranquilo diálogo. Llegamos a Plaza Once y Pedro me dijo: Allá está Cromagnon.

Las noticias de la tragedia de Cromagnon, del incendio del local, del jaque mate a la figura del Presidente del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, habían llegado al otro lado del Atlántico y yo pensaba que el drama de los padres se había utilizado. Mientras avanzábamos, Pedro me planteó otro punto de vista: valoraba lo que entendía que esa movilización había logrado: el cambio en las normas de seguridad en los locales, y el repudio al grupo musical que había sido también responsable de las bengalas. Pero la fuerza de lo que iba apareciendo, cortó nuestras disquisiciones sobre el tema.

A medida que nos íbamos acercando a ella, se agrandaba la imagen de la mesa que estaba en medio de la calle: de ese altar atiborrado de zapatillas, con una cuerda tendida por encima, de la que colgaban muchas más, apretadas unas contra las otras. Cientos de zapatillas que habían dejado de saltar, de bailar y que quedaron congeladas en un gesto para siempre. Se habían impregnado del humo y del olor a carne quemada, aunque quizás ni siquiera fueran esas, fueran algunas de las que no acompañaron, al local , a los chicos que murieron aquella noche. Pero allí, todas juntas, en esa mesa bajo el sol y la lluvia, nos hablaban de humo, de fuego, de tragedia, como si fueran parte de los cuerpos apilados.  Y un poco más atrás, se repetía el mensaje en otra mesa apoyada contra la valla que cerraba la calle, con más zapatillas y retratos.

A su costado, la vereda  se metía por una puerta inexistente, un hueco en la pared, que se iba plegando para rodear el recinto que ella misma formaba. Y en ese momento, sin que lo esperáramos, nos encontramos en otro mundo, donde reinaba un silencio absoluto, un silencio que se sentía como si fuera un sonido: tenía presencia, se contraponía a los ruidos de la plaza.

Si uno lo analiza fríamente, puede pensar  que no hay ruidos porque la calle que corre del otro lado del muro, detrás de las zapatillas y de la valla, está cerrada, sin coches, sin nadie que la camine. Pero si uno está allá no piensa, sólo siente. Y siente que el silencio impregna el espacio, lo hace trascendente, lo hace representativo de la vida y de la muerte. Convierte ese rectángulo en un lugar sin cuerpos, pero donde están todos los muertos.

El suelo se iba derramando hacia el fondo, con  pequeños escalones  que  formaban generosas bancadas horizontales, adaptándose al desnivel del terreno.  A nuestra izquierda, nos acompañaba el alto muro, sólo interrumpido por una verja que abría las vistas hacia la calle y hacia el local del siniestro. A través de esa verja se podían observar las fachadas abandonadas, donde los grises y los negros aparecían como parte de un gigantesco escenario que quisiera representar la desolación de una ciudad desierta.

A nuestra derecha, las duras superficies por las que íbamos avanzando se convertían en el manto verde en el que desaparecía también el ruido de los pasos, y que ponía una respetuosa distancia que nos separaba de los retratos y los nombres, adheridos a esa pared blanca.  Frente a cada uno de ellos, algunos paseantes solitarios se quedaban ensimismados, y avanzaban lentamente a lo largo del largo muro de nichos inexistentes.

Yo ya había visto ese lugar, supe que ya había estado, pero lejos de allí, en Galicia, en uno de esos cementerios pequeños de los pueblos, pegados a alguna iglesia, o aislados en el paisaje, con los muros que los protegen que alojan a los nichos.  Era la misma proporción, la misma luz homogénea, el mismo espacio sin árboles, el mismo silencio. Era como aquellos cementerios de la vieja Europa de donde habían llegado los abuelos o los bisabuelos de los chicos que, esa noche del treinta de diciembre, dejaron de bailar en medio del tronar de las bengalas.

Esos chicos no estaban allí, pero se sentían, como si uno los hubiera visto dejar la sala, cruzar la calle, traspasar la verja de hierro desde la que se ve el lugar del siniestro, y penetrar  para incrustarse en el muro blanco.

 

21/4/2006 / 1/5/2006

 

 

 

 

CROMAGNON

versión 27 de mayo

 

TRAGEDIA EN EL BOLICHE DE ONCE

Una bengala, durante un recital de la banda de rock “Callejeros”, incendió las telas del techo del local República Cromagnon. Confirmaron 175 muertos y 714 heridos, 102 de ellos críticos.

Diario Clarín, 31/12/ 2004

 

 

Caminaba a paso tranquilo, envuelta por el ruido de los coches, las sirenas que me taladraban, los gritos de los vendedores ambulantes, trozos de diálogos que se perdían en el aire… Al llegar a Plaza Once, oí una voz que decía: “Allá, al final de la plaza, está Cromagnon”.

A medida que me iba acercando se agrandaba la imagen de una mesa  que,  como un altar, ocupa el centro de esa calle cortada al tráfico: un altar atiborrado de zapatillas. Allí, todas juntas, bajo un pequeño toldo que las protege del sol y de la lluvia, me hablaban de humo, de fuego, de olor a carne quemada, como si fueran parte de los cuerpos atrapados. Detrás, en otra mesa apoyada contra la valla que corta el paso, entremezcladas con recuerdos y retratos, aún más; y otras, colgadas de unas cuerdas. Cientos de zapatillas que dejaron de bailar y de saltar, para quedar congeladas en un gesto para siempre.

A su lado, la vereda se cuela a través de una puerta inexistente, un gran hueco en la pared que rodea el recinto. Al entrar me encontré en otro mundo, un mundo en el que reina un silencio absoluto, un silencio que tiene presencia, que se contrapone a los ruidos de la plaza. Y ese silencio que impregna el espacio, lo hace trascendente, lo hace representativo de la vida y de la muerte; convierte ese lugar sin cuerpos en el lugar donde reposan los muertos.

Avancé por la senda que se derrama suavemente hasta el fondo del terreno en pequeños peldaños que forman generosas bancadas horizontales. A su izquierda, separado por una zona de gravilla, un muro por sobre el que asoman  las copas de los árboles. Una ancha verja interrumpe la blanca superficie y abre las vistas hacia el local del siniestro. A su través, pude observar, del otro lado de esa calle sin vida, la fachada abandonada donde los grises y los negros aparecen como parte de un gigantesco escenario que representara la desolación de una ciudad desierta.

A la derecha, el camino da paso a otra zona de fina grava que crea una distancia respetuosa hasta la larga pared, totalmente cubierta por una ordenada sucesión de hileras verticales de nombres y rostros. Contemplé la escena: los paseantes, bajo un pequeño tejado que protege los carteles, se acercaban ensimismados a dialogar con los rostros de los chicos y chicas que los miraban desde ese muro de nichos inexistentes.  A los pies del muro, salpicado aquí y allá por claveles y rosas prendidas en los retratos, discretos maceteros ofrecían sus pequeñas flores blancas a “esos pibes que sólo querían rocanrol”, pero que ahora ya no son más que un intenso recuerdo atrapado en ese rincón de Buenos Aires.

Hice un alto para sentarme en uno de los bancos que continúan la línea de borde de los escalones para luego prolongarse en un zócalo que asoma apenas un palmo del suelo. Al contemplar el espacio que esas franjas dividen en forma ordenada y sutil, me inundó la solemnidad del lugar, y supe que esa sensación ya la había vivido antes. El ambiente  recreaba, quizás sin saberlo, la atmósfera, la proporción, la luz homogénea —sin árbol alguno que dé sombra— de aquellos pequeños camposantos de la vieja Europa donde reposan los bisabuelos o tatarabuelos de los chicos que, en la noche de aquel treinta de diciembre, dejaron de bailar en medio del tronar de las bengalas.

Ellos no estaban allí, pero se sentían: uno podía verlos dejar la sala, cruzar la calle, traspasar la verja de hierro y penetrar en el recinto para, por fin, incrustarse en el muro blanco.

 

1/5/2006-27/5/2006

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