4 de Noviembre

Éramos cinco: Daniel, Silvia, Mario, el Pato y yo quienes, con los bolsos en la mano y periódicos escondidos entre las ropas, esperábamos la salida del vuelo en Aeroparque, allí, frente al Riachuelo, en la Costanera Norte de Buenos Aires. Estábamos expectantes, esperando ver el milagro del nacimiento de un gobierno socialista del otro lado de las montañas. Los trámites de aduana sin sobresaltos y un viaje plácido de una hora y media, bastaron para que pasáramos de nuestra realidad –nuestros militares– al otro lado del espejo.

Al llegar a Santiago nos dispersamos. Mario y yo fuimos a casa de mis primos. Sentados en el jardín, en ese barrio privilegiado de casas unifamiliares y frondosos árboles, veíamos la cordillera –gran muralla al fondo–, casi al alcance de la mano. Podíamos contemplar los pliegues de sus laderas y los blancos picos dibujando el horizonte.
Al día siguiente nos acercamos hasta al pequeño hotel donde habían pasado la noche nuestros amigos, en el centro de la ciudad, y con ellos nos sumamos a la muchedumbre que iba llenando las calles para acompañar la toma de posesión del Presidente Allende.
Nos encontramos inmersos en la emoción y la alegría común que enlazaba a esos seres y diluía las individualidades de cada una de las trescientas mil personas que llegaron a cubrir aceras y calles. Era esa intensa sensación de fuerza en la unidad la que provocaba el grito más escuchado: “el pueblo, unido, jamás será vencido”, palabras tan repetidas hasta hoy, tan pocas veces hechas realidad –quizás porque no alcance que el pueblo esté unido, quizás porque no lo esté suficientemente–, grito que parece haber nacido allá, en Santiago de Chile, ese cuatro de noviembre de 1970.

Nuestro itinerario se desarrolló en forma espontánea, llevados por lo que llamaba nuestra atención, atraídos por esa escena en permanente cambio: alguna vez, por la profusión de banderas, alguna otra, por el corro que atendía a las palabras vertidas desde un improvisado podio. Un espectáculo de color, de sonido, de comunicación, de solidaridad, de ilusión, de confianza.
Observábamos a nuestro alrededor con avidez, comentando los diálogos que escuchábamos a nuestro paso: acerca de la elección, las expectativas de desarrollo, el precio del cobre, la Revolución Cubana…, o los improvisados expositores que se habían organizado con cuerdas y sillas apoyadas en las fachadas, en los que se desplegaba la propaganda de algunos grupos de la izquierda chilena.

La tarde pasó sin que nos diéramos cuenta, el sol ya se había puesto y, a pesar de que estaban encendidas las luces, se sentía la noche que convertía en figuras difusas los cuerpos y las caras. De pronto, Daniel y Mario desaparecieron. Avanzamos a paso lento, caminando por la misma acera, para que ellos pudieran reencontrarnos. Mirábamos en todas direcciones, tratando de identificar las sombras reconocibles en un mar de otras sombras que nos rodeaban.
Los vimos, por fin, algo más adelante, en el centro de la calzada, a la cabeza de una columna que crecía a sus espaldas. No tenían pancartas ni banderas pero sin embargo estaban allí, dirigiendo a la gente con sus voces y sus brazos en alto. Detrás de ellos, un grupo que crecía constantemente, coreaba sus consignas.
Poco después se escabulleron y aparecieron a nuestro lado. “ Nos pusimos a gritar, otros se nos unieron y se armó la manifestación” contaron a dúo, con la voz entrecortada y los brazos intentando representar la escena, impresionados por la espontaneidad y la rapidez con que habían logrado organizar a esa multitud.
Daniel estaba acostumbrado a dominar asambleas universitarias. Su voz fuerte, sonora, emanaba seguridad. Mario expandía su convicción. Pero nunca habían tenido una experiencia semejante, nunca habían vivido un momento así, en el que un gesto podía, en un instante, aglutinar, unificar la heterogeneidad que cubría la calle.

Después de este episodio seguimos con nuestro particular deambular que terminó, algo más tarde, en aquella masa humana compacta que llenaba el vacío de la plaza. Allí nos paramos, hipnotizados por una voz que salía del balcón de “La Moneda”. Vimos la silueta negra contra el fondo amarillo que escapaba por el hueco de unas puertas abiertas. A su lado otras siluetas, quizás la del mismísimo Presidente. Imposible recordarlo, tanto como imposible fue olvidar ese canto.
Era Víctor Jara quien llenaba el espacio y el absoluto silencio de la multitud con sus canciones. El mismo Víctor Jara a quien, en 1973, cuando mataron esta historia de ilusiones y esperanzas aquel 11 de septiembre, mataron también, allá, en Santiago, en el Estadio.

Por fin terminó el canto, fueron las voces de la plaza las que rompieron el silencio del balcón y todos se dispersaron a través de calles donde ahora resonaban los pasos de quienes volvían a sus casas, aislados o en pequeños grupos, desapareciendo la sensación de unidad, otra vez individuos que buscaban su camino, con las caras satisfechas y cansadas.

Quedamos un día entero en Santiago. Pato y Silvia descubrían la ciudad y Daniel debía asistir a reuniones, hacer contactos. Veníamos de otro mundo, tan cercano y tan lejano en ese momento, en que los grupos argentinos buscaban su retaguardia en Chile, apoyados por quienes se pensaba podrían sobrevivir con libertad.
Ese día disfrutamos de una generosa hospitalidad, una mesa donde nos agasajaron con loco y erizo –exquisiteces del mar– y donde seguimos admirando el paisaje constante de las montañas, horas en las que fueron inevitables las largas charlas y discusiones con mis primos y sobrinos, análisis que serían tema para otra memoria, otro instante que sintetice las distintas visiones, tan compleja y en ebullición la situación en el Cono Sur, nuestro territorio de referencia.

Y por fin, los cuatro, con nuestros bolsos, nos encontramos, esta vez en Pudahuel, el aeropuerto de Santiago, dispuestos nuevamente a atravesar el espejo y volver a Aeroparque, a los militares, a nuestra propia vida.

30 de octubre 2004

Esta entrada fue publicada en Historia de vidas. Guarda el enlace permanente.