Fiesta en el cerro

Nadie ha faltado a la cita allá en lo alto, en el claro del monte. Sus ropas multicolores ondean al compás de la música de las quenas cuyo lamento se desliza por la pendiente y se cuela por entre las calles. De pronto, todo aparece quieto, la brisa sólo nos trae silencio, un silencio absoluto que impregna el valle. Pocos minutos después, el aire susurra una oración; ha comenzado la misa.
Sentada a la mesa del bar con mi hermano, en una esquina del pueblo casi desierto, vemos la ceremonia como una estampa en medio del cerro, y oímos la voz lejana del cura, y luego los cánticos y los rezos…
Sentimos la fuerza atávica y profunda de la fe de esa multitud que sigue, atenta y devota, el ritual: el espíritu de la fiesta se va adueñando de nosotros. No podemos evitar levantarnos y empezar a caminar, lentamente, hacia el sendero que sube, zigzagueante, la ladera y nos lleva hasta el lugar de la misa. A medida que avanzamos vamos perdiendo y encontrando la visión del altar, de la figura del cura, de la gran cruz de madera hincada en la tierra que se dibuja contra la ladera.
Al acercarnos, las manchas de color van tomando forma, se comienzan a dibujar los cuerpos y luego las caras. Por fin llegamos, casi al final de la ceremonia, a la amplia plataforma natural, el lugar donde se condensa la memoria del pueblo. El ambiente es de calma, todavía no han empezado los festejos, no corre la caña por las gargantas, ni el vino. Más tarde, las quenas llamarán al baile, el baile al alcohol, el alcohol a las risas, las risas a los besos y por fin, por la noche, las parejas se dispersarán por el monte… Pero todo eso está aún lejano. Sólo sonrisas, saludos, movimientos lentos, meriendas para ir ocupando el tiempo y matando el hambre.

De repente escuchamos un grito:
—¡Hijo, de puta! ¡Me robaste la cabra!
La voz se oye por encima de todas las otras voces.
—¡Y también dos batarazas ¡
La otra voz se oye aún más fuerte
— ¡ Hijo de puta serás vos! Yo no te robé nada.
Miramos hacia el lugar de la discusión. Vemos un hombre con boina negra y otro de barba gris, tan gris como el pelo de la mujer que lo acompaña, que gesticulan, acalorados, mientras siguen vociferando. La gente los rodea y observa. Miran inmóviles, mudos, a quienes muestran sin pudor su drama. Los gritos suenan cada vez más fuertes, hasta que en un momento dado, a pesar de que nadie lo esperaba, quizás ni siquiera ellos mismos, el hombre de la boina saca una navaja y amenaza. Alrededor se hace un silencio que parece tener cuerpo, el círculo que los rodea se agranda. La mujer se quiere interponer, cubrir al hombre de pelo cano, pero él la aparta con fuerza, saca a su vez un cuchillo de la cintura y avanza. El de boina pega un salto y le clava la navaja en un costado del pecho. Pero no logra inmovilizarlo, porque el otro, aunque mayor, gira rápidamente su brazo y le clava el cuchillo en la espalda. Ambos caen y a su lado, sobre la tierra, se forma un charco de sangre que, lentamente, va haciéndose cada vez más grande.
La gente abandona el lugar, se aparta, deja a los tres solos, con sus odios y sus venganzas. Quedan allí los dos cuerpos tirados sobre la tierra y la mujer arrodillada, inclinada sobre su hombre, llorando y clamando socorro.
Y por fuera de ese hueco forzoso, como si nada hubiera ocurrido, la fiesta sigue su curso.

12 / 08 / 2004

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