El anillo inquieto

para Dianita Pardo Rizo-Patrón

anillo

Érase una vez un anillo con una greca mágica que lucía orgulloso pero nostálgico en la mano izquierda de su nueva dueña. Porque ¡ay! había sido cambiado por otro más grande, aunque no más bello. Su anterior propietaria sucumbió a los encantos de una cucharilla de plata doblada y aplastada que llevaba en su dedo meñique una amiga llegada de lejano puerto y, en acto simbólico, intercambió con ella su joya talismán.
A pesar de la aventura que vivió al cruzar el atlántico cuando vio las nubes flotar por debajo y las estrellas brillar en el cielo, nuestro anillo, una vez instalado en su nuevo hogar, se sentía extraño y buscaba siempre la oportunidad de escapar, para intentar volver a su ciudad. Recordaba con nostalgia su cielo, su sol, perdidos en el cambio. Preso en el dedo, soportaba estoicamente su situación hasta el momento en que, al llegar a casa, comenzaba a imaginar la forma de escapar. Cuando lo dejaban posado sobre una superficie cualquiera, soñaba con iniciar la aventura y buscar el modo de regresar pero no lograba encontrar la oportunidad, siempre estaba vigilado por los atentos ojos de su ama.
Un día creyó que había llegado la hora; fue cuando, al caer sobre la hierba sin que la mano sintiera cómo se deslizaba, pensó que podría rodar a lo largo del territorio hasta llegar al aeropuerto y allí seguramente alguien lo encontraría, y se imaginó en un nuevo dedo volviendo a cruzar el océano. Pero no tuvo tiempo ni de empezar su recorrido, pues en seguida escuchó cómo volvía el coche en el que había partido su dueña y frenaba bruscamente allí cerca. Al instante escuchó la voz conocida diciendo : “ Tengo que encontrar un anillo, un aro de plata con una greca, es un recuerdo, no quiero perderlo…” Y vio cómo un rato después, los ojos del encargado de la obra lo miraban fijamente, porque de una visita de obra se trataba, y con una amplia sonrisa en los labios la llamaba y le decía: “ Aquí está, Ya lo he encontrado…”
El anillo humedeció el dedo con sus lágrimas, pero no logró deslizarse nuevamente, su dueña lo vigilaba constantemente, a cada rato miraba con atención su mano para que no volviera a escaparse. Muchas veces, cuando ella rozaba el cuero de un bolso al introducir la mano para buscar algo, lograba escurrirse y caer al fondo, pero siempre se daba cuenta, lo tomaba y lo volvía a calzar cuidadosamente en el meñique de la izquierda.

Tuvo una gran oportunidad durante el último viaje en que la acompañó. Cuando estaba terminando de arreglar las valijas, ella se dio cuenta de que, otra vez más, lo había perdido. Desde su escondrijo la vio triste, supo que se sentía como si la buena suerte se quisiera escapar de su vida al ver su dedo desnudo. Le dio pena, pensó en llamar la atención para que lo pudiera encontrar enseguida, pero recordó que lo más importante era tratar de escapar, volver a su tierra, y quedó agazapado en un oscuro rincón entre las ropas. Su dueña pensó que lo iba a encontrar a la vuelta del viaje, como siempre, como si estuviera convencida de que todo era un juego de escondite, por el que, al final aparecería y volvería a lucirlo sin problemas. Ella no podía imaginar la necesidad de regresar a su antigua morada, ese sentimiento tan fuerte y profundo que sentía el anillo. Y se fue tranquila, segura de que el juego iba a terminar al regresar, cuando revisando bien los rincones lo viera brillar en el suelo o sobre la alfombra. bajo la mesa negra.
Un viernes llegó a la ciudad de destino. Cuando entró al hotel quitó la ropa, la acomodó en el ropero y miró cuidadosamente el fondo de la valija por si allí se hubiera caído. Pero no lo vio y pensó encontrarlo con seguridad al llegar a casa. Era domingo por la mañana, ya había ordenado todo el sábado por la noche, la valija reposaba sobre la banqueta del hotel. En un momento, por casualidad, miró la mesa que estaba al lado y junto al televisor, que estaba allí apoyado, como si hubiera llegado por arte de magia, estaba reposando el anillo, quieto, tranquilo, parecía hablar desde su posición a través de los brillos de plata., aunque también en ese lugar, semioculto por el enorme aparato parecía querer pasar desapercibido….
Quien lo encontró, seguramente tirado, seguramente caído de entre las ropas al quitarlas, no quiso llevarlo en su mano. El aro mágico perdió otra oportunidad posible, alguien que quizás viajara a sus tierras lejanas.
Nuevamente fue a parar al meñique de la mano izquierda de donde ahora le va a ser cada vez más difícil escapar, porque su dueña no deja de vigilarlo. Se ha puesto a pensar que esto no es un juego, que quizás realmente quiera volver, y cree que, cuando viaje a la tierra del anillo, le dejará elegir, decidir si se queda en su antigua morada o vuelve con ella a su nuevo destino.

6 / 02 / 2004

Esta entrada fue publicada en Cuentos para niños. Guarda el enlace permanente.