Encuentro

Estoy mirando las fotos de mi viaje a Budapest. Año 1998, Congreso profesional, cuando tuve la oportunidad de visitar los famosos baños termales, esa gran sala abovedada con sus piscinas con amplios escalones para bajar al agua. Las mujeres, flacas, de pieles colgantes y edad infinita, ese espacio impresionante , donde la luz rebotaba tenue sobre las paredes y se siente el calor que sube al ambiente desde el agua… Y me aparece aquél día, cuando al salir, me topé inesperadamente con mi viejo amigo Pablo que entraba a los Baños. Casualidades del destino, o causalidades. Yo había llegado para asistir al Congreso y conocer esa hermosa ciudad, que se extiende a los lados del río Danubio. Pablo estaba haciendo turismo al final de una estancia en Roma y acababa de llegar de Praga. Hacía años que no nos veíamos, él pintando en Buenos Aires y yo anclada en mi Coruña de España. Pero un antiguo lazo de amistad y de algo más que siempre estuvo en nuestras miradas, pero que nunca se había concretado , nos unía.
Sentí una gran emoción al verlo. Él se quedó quieto, de pie, mirándome en silencio, como si hubiera visto un fantasma. ¿ Qué hacés acá ? preguntamos al mismo tiempo.
Era un mediodía de un día de sol. Teníamos muchas horas por delante para caminar, para hablar, para lo que nos diera la gana. Ambos estábamos comprometidos para la cena pero podíamos librar la tarde. ¿ Querés venir a mi hotel ? me dijo directamente. Sí, le contesté, sin dudarlo.
Creo que siempre lo había deseado, pero las circunstancias de aquella época, las situaciones personales, mi propia negativa a escuchar nada de eso en mi interior había impedido cualquier posibilidad de acercamiento íntimo. Ahora la situación era totalmente distinta, yo era una persona libre, autónoma, sintiendo revivir en mí aquel antiguo llamado.
Así empezaron cuatro tardes y una noche difíciles de olvidar, días en los que cumplía mis obligaciones por la mañana, participaba con mis colegas en actividades nocturnas, pues no podía evitarlo, pero me encerraba las tardes en ese hotel desde el que se veía, a través del amplio ventanal, el horizonte con las montañas.

Recuerdo el primer día, entramos tímidamente, la habitación era típica, con sus dos camas, una mesa delante, la televisión en lo alto, y al entrar, a la derecha el baño y a la izquierda el placard. En el fondo una gran ventana que al abrirse regalaba un maravilloso paisaje. Era por la tarde, temprano y la luz del día la inundaba. Pablo bajó las persianas hasta que logramos una luz tamizada, tenue, pero que nos permitía vernos perfectamente las caras.
Nos abrazamos fuertemente, como si hubiéramos estado toda la vida esperando ese momento. Sentí su mejilla en la mía, sus brazos rodeándome. Me empujó suavemente hacia la cama. Allí quedamos así, abrazados, sintiéndonos quedamente, sin poder decir nada. Algo después nos exploramos las caras. En ese ambiente, sintiéndonos mutuamente, las caras se expansionaron. Los ojos, los pómulos parecían más anchos, como estirados… lo acaricié largamente y besé su boca sensual, que me había atraído siempre.
Creo que una de las cosas que más me atrae en un hombre es cuando a una cara firme, a una mirada fuerte, se une una boca sensual, blanda. Es como si expresara esa combinación que logra perturbarme, la de un hombre fuerte pero tierno, duro pero sensual, independiente pero cariñoso. Algo que no es fácil encontrar, pero que estaba allí conmigo, en esa cama de hotel en las estribaciones de la ciudad de Budapest.
Yo lo conocía bien, sabía bastante de lo que esa mirada, esa boca, expresaban. No conocía los últimos detalles, demasiado tiempo sin vernos, pero sí conocía su interior, sentimientos, pensamientos, deseos…los conocía de antes, a través de su vida, de lo que habíamos compartido , de lo que expresaban sus cuadros.
Así , abrazados, quedamos largo rato, hasta que nos fuimos despojando de la ropa y lo que había sido sólo un reconocimiento de nuestras manos, de nuestra cara, fue un sentir totalmente nuestros cuerpos, buscarnos, explorarnos. Un cúmulo de sentimientos afloraban a través de nuestras manos. Se buscaron nuestras bocas y comenzó un proceso de darse a través del cuerpo, de buscar una comunicación profunda y primaria.
De a poco fuimos encontrándonos más y más, buscando nuestras formas, recorriendo nuestros cuerpos con las manos, con la boca, sintiendo el lenguaje mudo de la piel que responde a las caricias, que nos habla.
De a ratos hablábamos, tantos años para contarnos, aunque, tan poco importaban los detalles… el conocimiento estaba dado allí, en esa piel, en esos cuerpos que se buscaban, que se superponían , que se penetraban…
Ese día sentí como si los cuerpos fueran complementarios, como si uno hubiera estado hecho para acoplarse al otro, como si la combinación fuera perfecta.
De a ratos simplemente sentíamos, en el silencio y el reposo, nuestras respiraciones acompasadas, el ronroneo prolongado que me salía inconscientemente por esa sensación de plenitud y de calma.
Sin embargo la aproximación no fue rápida, hubo mucha timidez, no reticencia , pero sí cautela, inseguridad, una sensación de no tener que apurar, de tomar las cosas con calma, de no entregarse superficialmente sino ir asimilando lentamente las sensaciones complejas que los cuerpos nos iban regalando.
Así llegó la hora de nuestras obligaciones, yo tenía que ir a una cena con la gente de España y él a otra con un grupo con el que estaba viajando.
Recuerdo la ducha antes de salir del hotel. Se necesitaba ese corte, si no, hubiera sido imposible salir de esa cama, de esa habitación casi a oscuras, de esa intimidad cada vez más intensa. Quizás de las cosas que más recuerdo con una sonrisa de esos días sea el compartir el agua cayendo, los besos húmedos, una complicidad que sólo se logra en esos momentos lúdicos, una sensualidad saltarina, juguetona. Recuerdos que me asaltan algunas mañanas cuando el agua bien caliente golpea sobre mis espaldas y siento el vacío a mi lado, la mano que no se extiende a acariciar, el cuerpo que no recibe el jabón de su mano…
Y luego nos vestimos, salimos del hotel y nos fuimos caminando lentamente de la mano, bajo los árboles de las calles de Budapest, cruzamos el puente , parados en el centro, asomados a la balaustrada miramos el fluir de las aguas que parecían reflejarse en nuestros ojos brillantes. Allí nos dimos un beso furtivo y cada uno siguió su camino hacia donde nos esperaban.

Al día siguiente por la mañana cumplí con mis obligaciones, estuve en el Congreso, escuché las ponencias, participé en las preguntas, hablé por los pasillos, intercambié direcciones, teléfonos y experiencias y , después de comer, de caminar a lo largo del río, cruzar el puente y caminar un trecho por la ancha avenida, llegué al bar cercano a su hotel, donde habíamos quedado citados. Allí me estaba esperando en una mesa al lado de la ventana.
Los bares son lugares mágicos donde se crea, en medio de la gente que nos rodea, un espacio absolutamente íntimo. Como si la mesa y las sillas donde uno está sentado fueran una casa, un caparazón que nos protegiera y que nos invitara a la conversación , a las confidencias. Allí estuvimos un rato y luego Pablo me dijo: “¿ vamos ?” Y otra vez , como el día anterior, le contesté “ sí “, sin dudarlo.

La segunda y tercera tarde fueron una repetición de la primera, el encuentro en el bar, la corta caminata hasta el hotel tomados de la mano, el sumergirnos en la cama a la tenue luz de la persiana baja, sintiendo como iba cayendo la tarde mientras cada vez más profundizábamos el conocimiento de nuestros cuerpos, indagábamos, investigábamos, buscábamos distintas formas de acariciarnos, de acoplarnos, de explorar y complementar nuestras concavidades y convexidades, ratos de descanso tierno, simplemente abrazados, sintiendo nuestra respiración, el latir de los corazones, percibiendo los vericuetos más profundos del alma, eso de lo que no se puede hablar, pero que , en esos momentos, se muestra, se percibe, se capta y que es lo que hace que una persona sea diferente, única. Quizás, como decía Borges, el amor sea esa capacidad de percibir la unicidad de la otra persona.

Yo gozaba con su cuerpo, con su forma de abrazarme , con su infinita ternura, él gozaba con mis formas, con mi entrega incondicional.
Pienso que cada uno expresa su compleja naturaleza a través de los rasgos. Su sensualidad se mostraba en su boca y creo que la mía en los ojos. En cambio, siento que mi boca no es sensual, es la que expresa el cerebro. Ésta era una más de nuestras muchas complementariedades, esas complementariedades que nos atraían mutuamente.

El penúltimo día fue la cena del Congreso, cita ineludible, pero el último me liberé por fin de todas las obligaciones nocturnas y lo mismo hizo Pablo. Así que tuvimos mucho tiempo para estar juntos, hasta el día siguiente, en que tenía que tomar mi avión para volver a Coruña.
Nuestro cuerpos se iban acoplando cada vez más libremente, buscaron distintas formas de entregarse, se integraron, se unificaron, se fundieron al unísono.
En ese proceso hay la magia de una entrega, de un darse mutuo, el hombre que se vacía físicamente en la mujer, la mujer que se vacía emocionalmente en el hombre en una eclosión de placer físico y energía conjunta, como si fuera la muerte de cada uno y la creación de un ser que existe sólo durante ese instante efímero y que es único.

La tarde y la noche pasaron con momentos de pasión y otros de ternura, sólo abrazados y en silencio durante ratos muy largos, sintiendo la tibieza, la placidez, la calma… Hubo también , aunque muy cortos, algunos diálogos. Cortos, porque en ese momento no parecían necesarios, la comunicación se daba directa, sin necesidad de palabras. Todo lo que por la mañana había pensado preguntar o comentar, parecía superfluo, innecesario, inevitablemente incompleto.
Es posible que las palabras sean elementos que sirven cuando uno convive con gente a lo largo de los años. En que hay tiempo para precisar conceptos, corregir, intentar expresarse plenamente. Pero si no, las palabras parecen siempre imprecisas, como no pudiendo competir con esa comunicación profunda que se da a través del tacto.
Parece imposible esta reflexión saliendo de mí, que no puedo parar de hablar. Sin embargo, cada vez más, comprendo la inutilidad de la palabra para la comunicación de lo profundo, sobre todo de lo afectivo, de lo emocional. Creo que la mirada, la caricia, pueden expresar más que mil palabras y que la voluntad de querer explicarse es inútil e innecesaria.
Llegó la noche, tan esperada, en la que pudimos quedar durmiendo juntos, abrazados. El dormir juntos es tan hermoso como hacer el amor, es otra forma de unión, de compenetración, de sentirse también sólo uno. Nos abrazamos apretadamente en forma tierna, acoplamos nuestros cuerpos y nos permitimos el abandono del sueño compartido, sintiendo una sensación enorme de paz, de armonía. Es como si en esos momentos la unicidad se diera también con todo el universo, como si desapareciera la habitación, el hotel, las calles, los coches, los ruidos, y sólo fuéramos dos seres flotando en el cosmos…

Y llegó por fin la mañana. Los últimos besos, las últimas caricias, la última ducha, el último adiós. Salí de su hotel rumbo al mío donde otros compañeros me esperaban para ir al aeropuerto y tomar el avión rumbo a España. Un instante mágico de cuatro días convertido en recuerdo me acompañaba y también una conexión inmaterial que aún persiste, ligándonos más allá del tiempo y del espacio.

15 / 02 / 2003

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