Primer mundo

Publicada en Ficticia.com(11/8/2002)

Son las siete de la tarde de un día frío, nublado y gris. Voy caminando por la calle Real, siento las pisadas sobre las piedras y los ruidos de la gente, sus conversaciones que reverberan contra las fachadas y se amplifican sonando como dentro de un ambiente. Salí a comprar unas cosas, un ratón en la Plaza del Ángel y luego desvié por la calle Real para echar un vistazo en la librería Colón. Con dos bolsas en la mano, una con mi nuevo ratón y una selección de cuentos de jóvenes norteamericanos voy reconociendo ese ambiente. Es un lugar en el que me siento cómoda, la calle con sus fachadas de piedra y sus galerías, los coches que circulan por la Marina ni se sienten, las voces amplificadas que me rodean, casi siempre algún conocido para saludar o con quien conversar un rato. Pero hoy no encuentro a nadie, voy con paso rápido hacia mi casa cuando un nuevo personaje me llama la atención. No es un músico ambulante, no es un vendedor de CDs pirateados, no es día para estar así en la calle. Veo un enorme ramillete de globos de un fuerte color amarillo, enormes, con formas de animales. Es raro en esta época, no es fiesta, no es verano, a quién intentará vender los globos a esta hora de la tarde. Miro con interés los dibujos de las caras y sigo con la mirada los hilos que lo sostienen. Llegan hasta una mano flaca, de piel oscura, de una mujer de cara muy delgada, con expresión desoladora, ojos muy negros y una trenza que le cae sobre la espalda. Está encogida, se ve que tiene frío, su pollera verde no llega a taparla, su chaqueta es demasiado fina para esta tarde desangelada. Se abraza el cuerpo con sus propios brazos, se ve que sufre, debe tener hambre. Como todos, paso como si no me importara, no soy capaz de comprar un globo, ni de hablarle, peor aún, pienso estúpidamente en el relato que tengo que hacer, como si fuera un cazador buscando su presa para mostrarla. Y ahora que no está a mi alcance, lo pienso, tomo conciencia, debí haber hecho algo.
La mujer debe ser joven a pesar de parecer más vieja. Probablemente esté sola– no sólo allí en la calle– sin nadie que la cuide, con su familia en América. Tendrá miedo, por eso está acurrucada sentada en el umbral del portal, oscura, como para que no la vean, que no traten de repatriarla. Allí estarán esperando su ayuda, no hay lugar para que vuelva a su casa. Su marido, como todos, habrá salido para el Sur, a trabajar en la cosecha, pero no sabrá siquiera si ha muerto en algún absurdo accidente, como cuando murieron aquellos trabajadores, en la camioneta, hacinados, cuando cruzaban descuidadamente las vías del tren. No podrá saber cómo lo tratan, si tiene trabajo, si es posible que esté ahorrando algo. No podrá saber siquiera si volverá algún día a buscarla, por lo menos no tendrá frío, eso allá no ocurre y al calor está acostumbrado.
Pensará en la tierra intensa de su pueblo y en el verde de las plantas y en sus hijos corriendo descalzos tras los animales. Salió de allí desesperada, pero ahora debe añorar todo aquello, sentarse en el banco a la puerta de su casa a la hora luminosa del atardecer, con los niños, sucios de barro, retozando a su lado. Ahora tendrá frío, eso es nuevo, no lo había sentido nunca antes. Tendrá hambre, ni siquiera harina para hacerse unas tortas ni cocina donde cocinarlas. Cuando mete las manos en su pequeño bolsillo y mira pasar la gente como si de otra especie se tratara, querrá quedarse siempre así, protegida por sus globos, por eso los agarra fuerte, la cubren de la lluvia y si se levanta un viento fuerte, quizás levanten vuelo y la lleven muy lejos entre las nubes, en un mundo de sueños donde los ojos no la miren y donde nadie se acerque con cara indiferente ni hostil, a pedirle nada.

PRIMER MUNDO
Publicada en Ficticia.com 09/2002
elguardavias.com.ar 22/11/2004

1.
Son las siete de la tarde. Es un día frío, nublado y gris. La calle, con sus paredes y su suelo de piedra, mimetiza su color con el del ambiente. Las farolas crean sombras que acentúan la volumetría de los edificios. Sobre el pavimento resuenan las pisadas, y los ruidos de la gente, sus conversaciones, reverberan contra los muros y se amplifican escuchándose como dentro de un espacio cerrado.
2.
Son las siete de la tarde. Voy recorriendo la calle distraídamente. Veo a un costado, contra la fachada, un enorme ramillete de globos amarillos, enormes, con forma de animales. Sigo con la mirada los hilos que lo sostienen. Llegan hasta una mano flaca, de piel oscura. Recorro con la vista ese brazo, enfundado en una chaqueta demasiado fina, y me encuentro con una cara delgada que expresa sufrimiento y hambre, con ojos muy negros y una trenza que le cae sobre la espalda.
3.
Son las siete de la tarde. El cielo está casi negro. Las gentes pasan sin mirarme, apuradas. Con este frío y estas nubes que amenazan lluvia, ¿quién se va a parar a comprar unos globos? Si ni siquiera tiran, al pasar, alguna moneda a mi lado. Mierda de ciudad ésta. ¿Es que no puede haber dos días de sol sin que siempre caiga agua? Y ya es noche, debo volver a casa. En la oscuridad, con mi carga a cuestas, camino llevando mi hambre.
4.
Son las siete de la tarde, hace calor, estoy cansado de trabajar catorce horas en esta maldita cosecha. Quedan quince días para volver con Amanda, si sobrevivo, que ayer un tren atropelló al ómnibus que llevaba a la gente a las barracas. Jodidas barracas, no se puede dormir así, hacinados, y con ese olor a pis que se mete hasta las entrañas. Qué será de Amanda, que ha quedado sola en casa de los colombianos.
5.
Son las doce del mediodía, el sol cae vertical sobre el poblado. Sentada a la puerta de mi casa, miro cómo los niños corretean con los pies descalzos. Oteo la carretera como si por ella pudieran venir, andando, los billetes para llevar a mis nietos, o por lo menos, el cartero, con noticias de Amanda y de Gerardo. Pero sólo veo el polvo que levantan los coches al pasar. Por allí nunca llega nadie.

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