A través de los cristales

Acostada en la cama, veía llover a través de los cristales. El agua, al caer, difuminaba las imágenes del exterior y diluía la precisión de los contornos.
Se vio bajo la enorme claraboya en el hall de la casa de la abuela, esa claraboya de colores que sugería figuras de monstruos y animales míticos que ella miraba hipnotizada durante horas, mientras se dejaba bañar por la luz tenue que cambiaba a lo largo del día. Esa imagen se unía en su memoria al ruido del agua cuando caía sobre los cristales que, por encima del vitral, formaban un tejado.
La visión de la lluvia la transportó también a aquellas tardes de amor pasadas al calor de la cama, cuando el susurrar de las gotas contra el vidrio era un acompañamiento musical que regía el ritmo de las caricias y los besos e inducía a cálidas promesas. Una persistente sonrisa acompañaba el devenir de los recuerdos que flotaban en la penumbra y acentuaba la placidez de ese día de descanso.
Pero la fuerza del agua comenzó a arreciar y otros fantasmas la invadieron. Un mareo la atacó, cuando el recuerdo de desolación y llanto se adueñó de su mente. Las lágrimas fluían aún con más fuerza que la lluvia, en estertores desesperados, aquella tarde de mutilación y muerte. Vio el empapelado color crema con dibujos oscuros que cubría aquella otra pieza, la cama paralela a la ventana, la lámpara en forma de globo que colgaba del techo, las cortinas de color naranja claro que en los días de sol teñían el ambiente de color cálido. Y su estado de plenitud, el niño que comenzaba a crecer despacito en su vientre… Vio todo eso como si lo tuviera allí delante, más real que la propia realidad que la rodeaba.
Y también aquella tarde: la mesa del bar, pequeña, redonda, de color marrón oscuro, y ella misma, mirando tras las grandes vidrieras el trajinar de las gentes y los autos. Escuchó las bocinas nerviosas e impacientes y la voz del mozo preguntando: “¿La señora quiere algo?” y vio con nitidez las caras de la pareja de la mesa de al lado, que leía distraídamente el diario y olvidaba el café que se enfriaba. Y por fin, lo recordó a él, sentado frente a ella, hablando.
“No quiero tener hijos”, le oyó decir con absoluta seguridad.
En ese momento desapareció la visión y sólo hubo la lluvia tras los cristales. Entonces evocó sus dudas y temores cuando, al sentir que lo que le crecía dentro era cada vez más parte de ella misma, se repetía la frase del bar una y mil veces. Se vio escapar de la sala de operaciones, segura de lo que hacía. Y se vio entrar nuevamente unos días después, por la misma puerta, cuando decidida, dejó que la llevaran hasta la camilla, la acostaran y le inyectaran la anestesia.
Pero ya no podía entenderlo. Y se vio aquel atardecer, cuando todo había terminado, de nuevo en aquella pieza, destrozada, llorando con desesperación, sabiendo que la habían matado aunque estuviera viva, como si le hubieran mutilado la esencia de su cuerpo. Y se sintió cobarde, se sintió con culpa, sintió que nunca podría perdonárselo.
Seguía lloviendo, dentro y fuera de su cuerpo.
1/01/2003 – 17/08/2005

A TRAVÉS DE LOS CRISTALES (versión primera)

Acostada en la cama, veía llover a través de los cristales. Las gotas que caían formaban una cortina de agua que hacía que las imágenes del exterior se difuminaran, perdiendo la precisión de los contornos.
Esa visión actuó como un disparador de recuerdos. Se veía bajo la enorme claraboya de colores en el hall de la casa de su abuela, esa claraboya que sugería imágenes de monstruos y de animales míticos cuando se la miraba, cuando se dejaba bañar por esa luz tenue, colorida, que cambiaba a lo largo del día. Y esa imagen se le unía en el recuerdo al ruido del agua cayendo sobre los cristales que, por encima del vitral, formaban un techo a dos aguas. También recordaba las tardes de amor, pasadas al calor de la cama, escuchando caer la lluvia. El susurrar de las gotas contra el vidrio, lo sentía entonces como un acompañamiento musical que regía el ritmo de las caricias y los besos e inducía a cálidas promesas. Esos recuerdos enriquecían la sensación plácida, de paz, que le daba ese día de descanso y una tenue sonrisa iluminaba su rostro en la penumbra.
La fuerza del agua comenzó a arreciar y nuevas imágenes poblaron su cerebro. Sintió un mareo y un recuerdo de desolación y llanto ocupó totalmente su mente. Las lágrimas fluían aún con más fuerza que la lluvia, en estertores desesperados, aquella tarde de mutilación y muerte. Vio el empapelado color crema con dibujos oscuros que cubría aquélla otra pieza, la cama paralela a la ventana, la lámpara en forma de globo que colgaba del techo, las cortinas de color naranja claro que en los días de sol teñían el ambiente de color cálido. Vio todo eso como si lo tuviera allí delante, más real que la propia realidad que la rodeaba.
Se retrotrajo a aquélla época. Su estado de plenitud, el niño creciendo lentamente en su vientre y aquélla tarde. Recordó la mesa del bar, pequeña, redonda, de color marrón oscuro, y a ella misma, mirando tras las grandes vidrieras el trajinar de las gentes y los autos. Volvió a escuchar las bocinas nerviosas e impacientes y la voz del mozo preguntando: “la señora, quiere algo?” y a ver las caras de la pareja de la mesa de al lado, que leía distraídamente el diario y olvidaba el café que se enfriaba. Y, por fin lo recordó a él, sentados frente a frente, hablando.
“No quiero tener hijos “ le oyó decir, con seguridad.”, y en ese momento desapareció la visión y volvió a ver sólo la lluvia tras los cristales.
Recordó sus dudas, cuando, al sentir que lo que le crecía dentro era cada vez más parte de ella misma , se repetía la frase del bar, una y mil veces. Y nuevas imágenes cruzaron por su mente. Se vio escapar de la sala de operaciones, pero se vio también, días más tarde, entrar decidida.
Ahora no puede entenderlo, vuelve a ver claramente la pieza y se recuerda aquella misma tarde, destrozada, llorando con desesperación, sintiendo que la habían matado aunque estuviera viva, como si le hubieran mutilado la esencia de su cuerpo. Y se sintió cobarde, se sintió con culpa, sintió que nunca podría perdonárselo. Seguía lloviendo, dentro y fuera de su cuerpo.

Agosto 2002

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