Ensoñación

Estoy llegando a un pueblo. Es de mañana, muy temprano, la tenue luz azulada tiñe las casas. Voy avanzando lentamente con el coche por las estrechas calles desiertas, cuando veo a mi derecha la plaza con sus frondosos árboles, los bancos bordeando los caminos, y las hamacas que, quietas, esperan que el sol esté bien alto para llenarse de gritos.
Estaciono y, libro en mano, doy una vuelta para estirar las piernas y me siento en uno de los bancos gozando del silencio que me permite escuchar el delicado canto de los pájaros. Me enfrasco en la lectura, aspirando el aroma de las flores y escuchando el suave murmullo de las hojas al hablarse. Sin darme cuenta pasa el tiempo, la luz se hace más amarillenta, el sol da de lleno en mi cara y, al levantar la vista veo vibrar el aire. La plaza se va llenando de gente. Mientras, frente a las hamacas, están armando un cadalso. Se oyen murmullos de voces algo excitadas. Desde mi banco se ve la cuerda colgando. Miro nuevamente, ahora se hace el silencio, una figura alta y gruesa con un traje de color verde está de pie bajo el aro. Las gentes la miran fijamente, sólo se escucha el piar de algún pájaro y el vuelo de las moscas revoloteando, Se le acerca un hombre alto y delgado vestido de negro con paso solemne, está levantando la cuerda para meter la cabeza del condenado. Oigo a mi lado un grito fuerte, giro la cabeza, abro los ojos. Son unos niños que pasan corriendo a mi lado. Miro nuevamente hacia el cadalso. Allí no hay nada, son los juegos, las hamacas, y una especie de escultura, con forma de cilindro abollado, delante.
Sigo con la imagen del ahorcado en mi mente. Pero vuelvo a mirar y sólo veo la escultura verde.¿ Lo habré soñado? Pienso en el sol en los ojos que siempre me adormece. Me pongo los anteojos negros y me voy caminando lentamente, mirando atentamente los senderos, los árboles, los niños que se hamacan, los mayores formando corros dispersos.
Comienzo a tener hambre, veo un bar del otro lado de la calle. Cruzo y me acerco al mostrador para tomar un buen café con leche caliente. Es un bar típico de pueblo, oscuro, con los muebles de color casi negro. Varios hombres de cierta edad acodados tomando café y caña, una mujer de fuertes brazos detrás, en una especie de cocina, preparando los platos. El ambiente es muy familiar, yo desentono y despierto curiosidad. Me preguntan si vengo a quedarme o estoy de paso. Les cuento que voy de camino y que sólo he parado para descansar un rato, estirar las piernas y tomar algo. No sé ni el nombre del pueblo, no he mirado el mapa.
El dueño es muy conversador, me cuenta a grandes rasgos las características del lugar, la cantidad de habitantes, cómo trabajan, cómo se llena de gentes en verano. Un televisor encendido perturba con su música. El hombre me sigue hablando, como si no hubiera pasado nadie en un año. Escucho entre atenta y distraída, sus palabras me resbalan hasta que, de pronto, escucho la palabra ahorcado, y lo miro , interrogante, directamente a los ojos, escuchando con nitidez sus palabras :” un hombre apareció ahorcado en la plaza, más o menos donde ahora están las hamacas. Se había colgado de la rama de un árbol. Fue un drama terrible, durante mucho tiempo no se habló de otra cosa.”
Me quedé paralizada, lo miré con horror. “Terrible drama”, le dije, “pero ahora me tengo que ir, me están esperando y aún me queda mucho por delante.”
Apurando el paso salí de ese bar, fui hasta el coche sin poder dejar de mirar el sitio donde había visto hace un rato la imagen de aquel hombre a punto de ser colgado y poniéndolo rápidamente en marcha, seguí viaje.

21 de julio, 2002

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