Lo que el cuadro me habló

La cámara enfoca la silueta de una iglesia, totalmente negra. Se dibujan sobre un cielo rojo y amarillo las molduras del perfil de la torre. Un poco más allá , sobre un tejado más bajo, una gata lanza su llamada de amor. El cielo es un telón de fondo pintado de vivos colores, simboliza la fuerza del sol amarillo del mediodía y el ocaso totalmente rojo del atardecer. La iglesia, filmada en plena noche oscura, contrasta vivamente con la fuerza de ese cielo de atrás. La escena tiene clima de misterio. La gata es a todas luces artificial, parece una pintura abstracta. Pero el sonido es de un animal real, al igual que el ulular del viento que sin embargo no se manifiesta por ningún movimiento de la escena, totalmente estática. A pesar de la hora, en el interior de la iglesia, una mujer, toda vestida de negro, arrodillada en uno de los bancos, reza en silencio.

El ritmo es tan lento que se hace insoportable. Una procesión, la virgen al frente, todos vestidos con largas túnicas blancas y encapuchados, dibuja sus figuras sobre el oscuro muro de la iglesia. Parecería que van a entrar , que algo va a pasar con la mujer que está adentro. Pero no, no pasa absolutamente nada. Las imágenes son bellas, poéticas.

En un momento dado me rebelo, me levanto y voy hacia la salida del cine. En ese momento me doy cuenta de que estoy sola, todos los demás ya se han ido. La sala parece la nave de la iglesia. En la oscuridad, apenas mitigada por el haz de luz del proyector, me siento la protagonista, pienso que no estuve mirando una película, sino rezando , allí en la platea.

Salgo a la calle, miro el cielo y está rojo como si hubiera un volcán en erupción. A la izquierda, como si de otro mundo se tratara, se ve amarillo, más brillante que nunca, como si los rayos del sol se hubieran condensado como sobre un lienzo. Es la misma imagen de la película. Sólo falta el gato, con sus redondos ojos , su cuello estirado y sus colores iguales que los del cielo. Pero no, no falta, está ahí, a mi derecha, sobre un tejado. Doy vuelta la esquina y los veo: avanzan gravemente, a paso lento; al frente, la virgen sobre una plataforma llevada por doce hombros fuertes. Visten largas túnicas blancas y llevan sus cabezas envueltas en capuchas, con sus ojos recortados, cayendo sobre los hombros. Es una procesión, igual que la que había visto antes. Me siento tan ahogada como allí dentro. Pienso en que tengo que salir del pueblo, iré por el campo, hasta casa de la abuela. Me pongo a caminar, me alejo de la iglesia , de la procesión , de la gata que sigue aullando.

En el horizonte se ven los montes de color oscuro. Detrás, el cielo totalmente rojo , a la izquierda el círculo amarillo del sol escondiéndose tras la ladera. Ningún movimiento, todo en silencio.

Por el camino de la montaña se ve una procesión, altas figuras blancas con capucha en la cabeza, caminan lentamente, de sur a norte, la imagen de la virgen al frente. Se oye el maullido de una gata en celo. Sobre el tejado de una casa, en lo alto de la montaña, se ve su silueta claramente dibujada, como en un cuadro. Se adivinan los ojos redondos, su figura artificial. Se siente el ulular del viento, pero no se mueve ni una planta. A mi lado dos piedras semejan un asiento de iglesia. Caigo arrodillada como si fuera a rezar. Las ramas de un árbol forman una bóveda sobre mi cabeza, me siento como en el cine, no aguanto la escena. Me levanto, quiero evadirme. Pero ya no tengo a dónde ir.

30 de junio, 2002

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