El atardecer de Alicia

EL ATARDECER DE ALICIA
es la otra cara de : ATARDECER de Jorge Pardo

Alicia estaba sentada, haciendo como que leía, mirando de soslayo su cara iluminada por las últimas luces del día. Observaba su rostro serio, en el que se traslucía su desesperanza. Miles de imágenes cruzaban por su mente, lo veía con su uniforme y sus medallas, su desesperación cuando vio que su ciencia no podía salvar la vida de su hijo, los dulces momentos de amor y las largas horas de soledad y tristeza cuando su vocación lo llevaba lejos y ella quedaba sola con los niños, dudando si se iba por los cursos, o si era por escapar de la familia. Se recordaba en brillantes fiestas donde ni él ni ella se sentían felices, él porque no era capaz de librarse de esos rituales y ella porque se sentía ajena a aquel mundillo. Cuánto daría ahora por volver atrás! Todo sería distinto!

Ahora dependía totalmente de ella, que sólo vivía para atenderlo, cada vez más agudo su cerebro a medida que iba perdiendo el control de su cuerpo. Y cuando escuchó sus terribles palabras: ahora es el momento!, entendió lo que le pedía, lo tenía todo previsto hasta el último detalle, cómo debía preparar la inyección de pentotal, como debía ponérsela. Ella como siempre, sumisa, había participado del proyecto. Pero ahora sabía que no podría hacerlo. Siempre había vivido para él, pero esto era demasiado sacrificio, acceder a perderlo así, cargando para siempre la culpa de haberlo hecho. Alicia mira su rostro demacrado, esos ojos que leían en el suyo primero la tristeza, luego la determinación de no hacer lo que le estaba pidiendo. Vio la contradicción, su desesperación por no poder resolver su propio destino y sintió su cara húmeda por las lágrimas que caían , imposibles de frenar, a lo largo de sus mejillas.

20 de abril, 2002

ATARDECER
autor : Jorge Pardo

Las ultimas luces del día iluminaban su cara, la música melancólica acentuó la seriedad de su rostro.A su lado, Alicia seguía leyendo. Él revisó en su mente los momentos más significativos de su larga vida: La infancia feliz con sus hermanos y sus amigos en el colegio, los largos y fructíferos años de estudio, el trabajo como profesor en varias universidades, los duros años de médico en la guerra, su matrimonio agridulce, sus hijos a los que tanto quiso pero con los que vivió fuertes desavenencias, la publicación de algunos libros, la muerte de uno de sus hijos, su propia enfermedad.
Su vida había sido socialmente un éxito rotundo, y sin embargo había sido vivida en su interior con amargura, como una carga, más como una condena que como gozo íntimo. Durante años buscó en las más alambicadas teorías no ya una sensación de plenitud, sino al menos una comprensión de la finalidad de la vida, pero ni la religión, ni la metafísica le ofrecían una visión convincente de que la existencia humana tuviera sentido.
Hacía hacía pocos meses que su analítica mente había renunciado a hacer nuevas indagaciones, pero la vida le presentó un último reto: afrontar una enfermedad degenerativa e irreversible de su sistema nervioso. El control de sus movimientos era cada vez más débil, su dependencia de Alicia era total, sin embargo su pensamiento tenía absoluta lucidez, y eso era por una parte la esencia del problema pero a la vez la solución. Miró a través de la ventana un sol rosado hundiéndose en el mar, sintió dentro de sí una certeza absoluta y tras unos minutos de profunda paz interior, se dirigió a ella con una sonrisa serena y le dijo: ahora es el momento. Alicia ejecutó perfectamente sus instrucciones y pocos minutos después una inyección de pentotal disolvía definitivamente su conciencia.

17 de abril, 2002

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