A la luz vacilante de la vela…

A la luz vacilante de la vela, la escena parecía difuminarse y reaparecer a cada instante. El movimiento que el aire que se colaba por las hendijas daba a la llama, la hacía emerger firme por momentos y en unos segundos caer hacia los lados acentuando la penumbra del ambiente. La vela proyectaba sobre la mesa un círculo de sombra que se movía a derecha e izquierda como si estuviera navegando y teñía de un tono amarillento y cálido todo lo que allí se encontraba. La habitación, homogeneizada por esa luz tenue que suavizaba los contornos, se veía como un todo unitario en el que perdía protagonismo cada uno de los objetos que allí se encontraban.
Sentados uno al lado del otro, apoyados sus brazos sobre la mesa, se sentían parte de ese ambiente que favorecía la comunicación y el diálogo. Sus caras también recibían, con el vibrar de la llama, sombras de tonalidades grises que aparecían y desaparecían difuminando los rasgos. La gruesa y larga mesa de madera que ocupaba la mayor parte de la estancia tenía la textura de sus vetas acusadas y estaba cubierta por un pequeño mantel a cuadros rojos y blancos donde apoyaba en su centro el candelabro y a su alrededor una serie de platos pequeños rebosantes de aceitunas de brillante color verde, quesos varios cuyo tono armonizaba con la luz ambiente y unos chorizos que rivalizaban con el rojo de los cuadros. Una cesta de mimbre con trozos de pan blanco , una botella llena de vino tinto y dos vasos a medio beber completaban el cuadro.
Ella lo escruta tratando de descubrir lo que dicen esos ojos que la miran escondidos tras los cristales de sus gafas. Hablan, su voz se escucha en medio del silencio de la noche, sólo roto por el silbido del viento tras los vidrios de las ventanas. Él la mira con respeto, bebe sus palabras, y mientras, observa con interés y una pizca de ternura su rostro y su fino torso y admira las fuertes caderas que entrevé bajo las faldas. Ahora es él el que habla, saca unas hojas de su bolsillo y arrimándose a la vela comienza a leer y, entre párrafo y párrafo, fuma con fruición leyendo sus poesías con una cadencia cálida. Ella sonríe escuchando con atención sus palabras. Mira su torso fuerte que se insinúa a través de su camisa entreabierta. Se imagina frente a su caballete, dibujando ese torso y esa cara donde, tras la gruesa barba, ella cree ver una expresión de sensualidad en la forma de sus labios.
Siguen hablando, cada tanto se rozan, se encuentran sus rodillas o sus manos, mientras, lentamente, van bebiendo el tinto, paladeando su sabor áspero.
Él se imagina regalándole hasta sus versos en el abrazo. Ella se imagina entregándole hasta el alma, apretada entre esos brazos.

20 / 02 / 2002

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