Estaba con los ojos tapados. Pasaban por su mente miles de lugares y de seres imaginarios que iba desgranando en palabras como un cuento fantástico mientras escuchaba una gama de ruidos ensordecedores y taladrantes pinchazos recorrían su cuerpo.
El tiempo no era tiempo y el espacio no era espacio.
Sólo la rodeaban la oscuridad y las voces, a veces banales, a veces inquisidoras, a veces lascivas.
Hasta que todo terminaba y en la fría soledad de la noche, echada en su camastro se permitía sentir miedo. El miedo a que, de pronto, una voz, otra vez, la nombrara.
20 de julio, 2001